Sobre el “ayuno eucarístico” impuesto que estamos viviendo y el estímulo que nos da la historia de la Iglesia perseguida.
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Sobre el “ayuno eucarístico” impuesto que estamos viviendo y el estímulo que nos da la historia de la Iglesia perseguida.

Esperemos que nuestro "ayuno eucarístico", impuesto por una emergencia sanitaria, termine pronto. Es hora de despertar la comunión espiritual, recrear y fortalecer la fe. Y lo podemos hacer todavía en un contexto de paz y libertad religiosa. Pero para muchas comunidades cristianas del pasado no fue un “ayuno eucarístico” a causa de un virus sino por una despiadada persecución. Aprendamos estos días la lección de la perseverancia y el don de la fidelidad.

 

Japón

En el siglo XIX, los misioneros que desembarcaron en Japón descubrieron una comunidad cristiana establecida allí en el siglo XVI, decapitada por la persecución de sus obispos y sacerdotes. En 1865 unos misioneros abrieron la primera iglesia católica en Japón después de 240 años de persecución. Acudieron unos japoneses, cristianos escondidos, que habían mantenido la fe en secreto durante dos siglos y medio, sin sacerdotes, sin Eucaristía, sin confesarse y sin Biblias. Se descubrió que quedaban unos 50.000 cristianos escondidos. Habían permanecido fieles a la enseñanza recibida y a la oración. Los misioneros no hicieron nada más que confirmarla en su fidelidad. Es fácil suponer que esta comunidad había establecido reglas y que había tenido catequistas capaces de transmitir la religión católica.

 

Albania

Albania, fue "el primer estado totalmente ateo del mundo", como gustaba proclamar el dictador Hoxha. Detenciones domiciliarias para el obispo Thaci, que murió en 1946, veinte años de trabajos forzosos para el obispo Prendsuhi, que murió en prisión en 1949. Detenidos y juzgados especialmente los jesuitas, algunos condenados a muerte, expulsados todos los miembros no albaneses de las órdenes religiosas. El 8 de marzo de 1946, después de haberlo arrestado, Hoxha ordenó el asesinato del obispo de Tirana, Fran Gjuni, con otros dieciocho miembros del clero y del laicado. El obispo Gjiergi Volaj había sido ejecutado un mes antes. Entre 1955 y 1965, más de una docena de sacerdotes seculares y religiosos fueron fusilados; otros encarcelados o enviados a campos de trabajo forzoso. Prohibidos los servicios religiosos. Los obispos titulares y sus vicarios fueron enviados a barrer las calles con la inscripción en la frente: "He pecado contra el pueblo". De 1967 a 1984, la persecución fue despiadada. No debía haber ninguna señal de fe cristiana. Ritos religiosos prohibidos, impuestos y castigos muy graves a los nuevos delincuentes, y los pocos sacerdotes supervivientes enviados todos a los gulags. Las comunidades cristianas, obviamente, sin la celebración de la Eucaristía.

 

Kazajistán

Caído y desmembrado del vasto imperio soviético, a principios de la década de 1990, en Kazajistán se tenía necesidad de todo. Los fieles, en su mayoría de origen alemán, llegados allí en la época de Catalina II en los años 1762-1796, necesitaban libros religiosos, catecismos, sobre todo. Después de años de propaganda ateísta, querían profundizar la fe. Su vida religiosa se había apoyado en prácticas tradicionales: rosario, novenas, rogativas, bendiciones. Era lo que los fieles podían permitirse hasta la década de 1970. Antes, la persecución había sido feroz. Una ferocidad antirreligiosa y antiétnica contra los creyentes que les ha colocado en un lugar privilegiado en las actas de los mártires.

 

Camboya

En 1975, cuando los Jemeres Rojos tomaron el poder los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas en Camboya tuvieron que elegir si quedarse o irse a Francia: todos optaron por quedarse. Eligieron el único camino: el de la cruz. La mayoría de los cristianos de las ciudades, especialmente los hombres, desaparecieron durante los tres años y veinte días que duró el régimen jemer rojo. En 1979, durante la liberación por el ejército vietnamita, sólo había una docena de cristianos en Phnom Penh; de un grupo de cincuenta jóvenes, sólo había tres. En la iglesia de Battambang, la segunda ciudad más grande del país, sólo permanecieron algunos viejos. Todos los demás se habían ido.

A partir de 1993, los misioneros regresaron y tuvieron que empezar de cero: traducción de la Biblia, leccionarios, catecismos, formación de sacerdotes y catequistas. Sobreviviendo a la persecución y al genocidio, la pequeña comunidad católica se enfrentó a una serie de preguntas, a las que trató de dar una respuesta a partir de 1990, dando sus primeros pasos en un campo de ruinas. Desaparecidos los cristianos, dispersos los supervivientes, suprimidos los cuadros religiosos, destruidas las iglesias con el Pol Pot, sin celebraciones eucarísticas, confiscadas las escuelas y las instituciones. Durante quince años los fieles camboyanos habían aprendido a guardar silencio y a obedecer las órdenes del partido. Una vez que recuperaron la libertad de reunirse, tuvieron que empezar a aprender a orar juntos de nuevo, a celebrar la Eucaristía después de un ayuno muy largo, a expresarse.

 

Corea del Norte

Gerald Hammond tiene 81 años de edad. Es sacerdote católico, misionero de Maryknoll. Hasta el año pasado era el único sacerdote autorizado para trabajar en Corea del Norte, quizás el país más encerrado de todos los que existen en el mundo. El P. Gerald atiende a unos 3 mil católicos, que según el gobierno norcoreano son los que existen de una población total de 23 millones. En ese país, en junio de 1950 todos los sacerdotes, religiosas y catequistas fueron arrestados o asesinados. Ha sido así desde entonces. Los 3 mil que quedan, o los que sean, viven su fe fervorosamente… cuando pueden, ya que la simple posesión de la Biblia está estrictamente prohibida.

Mn. Pere Montagut Piquet

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