VIVIMOS UNOS MOMENTOS EXCEPCIONALES Y DIFÍCILES
CAT  ESP
VIVIMOS UNOS MOMENTOS EXCEPCIONALES Y DIFÍCILES

Vivimos unos momentos excepcionales y difíciles. Precisamente ahora hay que estar muy unidos aunque los medios habituales de relación estén alterados o, incluso, suprimidos. En nuestra Parroquia de Santa María del Remei reina un gran silencio. Es como una mezcla de paz y vacío que deseo interpretar como un dolor, una sintonía y una promesa.

 

Un dolor. La suspensión de las misas públicas y, de hecho, de cualquier celebración o reunión ha cambiado, de repente, todos nuestros hábitos de vida. La limitación de desplazamientos os impide a muchos de estar presentes en la plenitud de la comunión sacramental con Cristo en la Eucaristía o en la acogida sensible de la adoración eucarística en la que encontramos tanta paz. La campana que suena como recordatorio de la oración común de la Iglesia, estos días parece acariciar el dolor de esta ausencia. Como párroco estoy  celebrando la Eucaristía de forma privada. Además, mientras nos sea posible, mantenemos abierto el templo para el recogimiento y la adoración todas las mañanas de 9 a 10:00h. y al atardecer de 19 a 21:00h. Aún así, no olvidéis que no hemos de malvivir inquietos por no tener aquellos bienes que el ayuno forzoso nos ha quitado. Es Dios mismo -a través de su Providencia amorosa, de las circunstancias de nuestra vida y de la solicitud de la madre Iglesia- quien establece la relación que en cada momento podemos tener con Él. Reforcemos, eso si, todo nuestro equipo de supervivencia: las oraciones habituales, la comunión espiritual, la Palabra viva de Dios, la formación y tantas posibilidades como nos ofrecen las redes sociales para mantener nuestra atención a Dios y alimentar el alma. Pero no sustituyamos virtualmente lo que ahora nos falta.

 

Seguir la Eucaristía u otras celebraciones por televisión, radio o diversos medios es propio de personas enfermas que no pueden, ya sea temporal o definitivamente, acudir a una celebración. Para el resto, la celebración de la Eucaristía por estos medios puede ser una solución fácil e inmediata pero, en el fondo, nos aleja de la creatividad que requiere el momento presente. Considero preferible, pues, no escapar de lo que nos impone la realidad de este ayuno que primero podrá parecer doloroso pero que, sin duda, después llegará a ser benéfico al corregir y descubrir, gracias a él, aspectos de nuestra vida espiritual que teníamos muy abandonados. Ahora es tiempo de centrarnos en lo que está en nuestras manos: aumentar el deseo de acudir un día a las celebraciones de la Iglesia más conscientes y mejor dispuestos. Tenemos como guía y maestra la Iglesia martirial y misionera de todos los tiempos que, para nuestra situación actual, es un manantial de perseverancia, serenidad y comunión eclesial.

 

Una sintonía.Algunos de vosotros me habéis comentado el bien que os hace escuchar al mediodía desde casa la campana del ángelus y al anochecer acabando la jornada. Es una verdadera sintonía entre todos los feligreses que queremos asumir estos tiempos de zozobra bajo el manto de nuestra Madre y Patrona que prodiga tantos remedios como corazones acoge. Es una sintonía orante llena de preocupaciones por el futuro que nos espera, por un presente lleno de incógnitas y por un pasado que, una vez superado, quizá ya no entenderemos del mismo modo. Aunque no seamos ahora una comunidad visible, el Señor nos sigue convocando como parroquia para permanecer en su Amor. Una gran oración de intercesión se eleva para mitigar tanta incertidumbre.

 

No podemos fallar a muchos que desesperan, a tantos que una vez atendidos se ven descartados y a los que mueren lejos de la compañía de los suyos y sin auxilios espirituales. Estamos junto a tantos profesionales que, agotados y asumiendo riesgos, procuran sanar y buscar remedio. Pedimos por los responsables públicos para que acierten en sus decisiones y en tantos trabajos como tienen por delante. Una profunda crisis social y económica nos afectará -y la parroquia no será una excepción- como consecuencia de haber entrado en un periodo de sequía económica sin los ingresos habituales de las colectas. Por otra parte, es impresionante ver por nuestras calles a los sin techo deambulando sin saber a donde ir o a los que sufren dolencias mentales especialmente inquietos por el confinamiento. Cáritas diocesana se está reorganizando estos días con el Ayuntamiento y otras entidades para darles cobijo y atención.

 

Una promesa.Si Dios quiere, un día nos reencontraremos recuperada ya la calma y pasada la tormenta. Entonces tendremos tiempo de reflexionar lo vivido. Compartiremos por dónde nos ha llevado nuestra cotidiana y excepcional unión con Cristo; comprobaremos como ha crecido la siembra de su Palabra a través de un diálogo que parecía hecho para estos días. Daremos testimonio de como se ha manifestado el amor de Dios, la compañía de la Virgen, la purificación, abnegación y la renuncia vividas en una Cuaresma como nunca la hubiéramos imaginado; reconoceremos la culpa de nuestro pecado en todo esto y, finalmente, veremos las consecuencias del desprecio de Dios, del orgullo social que lo ignora y tantas otras cosas.

 

Vamos contando los días y es más que probable que las celebraciones propias del Triduo Pascual queden sujetas a las restricciones que nuestro Cardenal-Arzobispo ha determinado para toda la Archidiócesis de acuerdo con las autoridades civiles. Pero la luz Pascual amanecerá como una promesa cierta, inalterable y divina ante tantos signos de muerte. Allí donde haya un sacerdote, aunque sea en soledad, respondiendo al saludo del Resucitado, acogiendo su presencia sorprendente y creyendo su promesa de comunión y rescate de vida para siempre… allí estará la Iglesia entera pasando de muerte a vida por el mar abierto del triunfo de Cristo.

Secaremos las lágrimas, volverá la serenidad al corazón, aceptaremos la corrección del Señor y transformaremos el dolor con el aceite de su consuelo. Queridos feligreses, pidamos insistentemente a la Virgen Madre el remedio que necesitamos y la liberación de nuestros males. Que su Hijo sea el médico de nuestra apostasía. Que corregido nuestro extravío y aunque no lo merezcamos recibamos los efectos de su amor redentor.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

 

 

 

 

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete