NOS HEMOS CONTAGIADO TODOS
CAT  ESP
NOS HEMOS CONTAGIADO TODOS

Quien cree en la Providencia no responde con la dejadez o la irresponsabilidad sino con la inteligencia del amor. Jesús tiene sed y quiere que la Samaritana, que todos nosotros, tengamos sed de lo esencial: de una vida orientada hacia Dios. En estos días de especial turbación y cuando se nos imponen tantas limitaciones, descubrimos lo valiosas que son nuestras relaciones, basadas en el cuerpo, en la relación y el contacto. Sentimos de cerca, en plena Cuaresma, una amenaza para nuestra vida en común. Tenemos miedo de estar juntos, de hacer algo juntos, nos aislamos... La situación que vivimos nos hiere el corazón en aquello más humano que es la comunión entre nosotros. Pero también tenemos la gran oportunidad de aprender el gran bien que está amenazado. Sentimos que no tenemos vida si no es a través de una vida juntos. Nos damos cuenta de que no podemos existir como personas solitarias, sino solo como miembros de una familia, de una escuela, de un barrio, de una parroquia o comunidad... Un solo virus ha podido desenmascarar la mentira del individualismo y ha resaltado la belleza del bien común.

El dolor nos une. En cierto modo nos hemos contagiado todos porque ya nos hemos contagiado como comunidad, ciudad, pueblo. Viene un tiempo difícil para muchas familias, para los ancianos, para los más frágiles. Y el dolor nos llevará a nuevas obras de amor al prójimo a pesar de la dificultad del contacto físico. Ante las mil cosas de nuestra vida cotidiana tendremos ahora espacios para la renuncia y el sacrificio, tendremos tiempo de rehacer planes y soportar la espera. Volvamos la mirada a Dios, manantial y cauce de todo amor. El aislamiento forzado, que ya viven muchos, nos puede ayudar a ahondar en la gran pregunta sobre el “para qué” de todo. El aliento de vida que respiramos está amenazado y lo está también la presencia de quienes amamos. Todo nos invita a preguntarnos por el secreto último de este aliento de vida y de este amor.

Quizá llegue el día en el que incluso sea difícil el acceso a los sacramentos, sobre todo a la Eucaristía. Pero recordemos que la gracia de Dios sigue actuando, aun cuando no podamos acudir a comulgar. En cada misa que celebre un sacerdote, aunque la presida en soledad, estamos todos presentes y su gracia nos llegará. La fe en la Providencia despertará el deseo de que la Eucaristía siga viva en nuestras vidas. Tendremos que reforzar la oración personal, la lectura de la palabra de Dios, el rezo de laudes y vísperas, la santificación del domingo en familia, la invocación de María en el Rosario, la protección de San José en tantas horas domésticas... Si el Señor es nuestro refugio y defensa cierta pasaremos la epidemia sin temor (Sal 91,5-6.9). Cada día, cada domingo tenemos abierto el pozo del agua viva. Acudamos a él con sed renovada y aceptemos el don de Dios tal como se nos da en este momento. Nada escapa a la Providencia de Dios que cuenta con nosotros para inaugurar una nueva alianza.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete