LA VOZ DE DIOS ILUMINA NUESTRA REALIDAD
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LA VOZ DE DIOS ILUMINA NUESTRA REALIDAD

En la Transfiguración no es Jesús quien tiene una revelación de Dios sino que en Él es Dios quien revela su rostro a los apóstoles. Quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre. Ya en el monte Sinaí Moisés tuvo la revelación de la voluntad de Dios: los diez Mandamientos. Y Elías, también en el monte, recibió de Dios la misión que tenía que realizar. Jesús no recibe ninguna revelación: ya lo conoce todo. Son los apóstoles los que oyen, en la nube, la voz de Dios que les manda: escuchadlo. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharlo, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas. Decidámonos, pues, a crecer en el conocimiento y en el amor a Cristo, cada uno y como comunidad parroquial.  

Dios pone a prueba la fe de Abraham. Le invita a salir de su tierra, a dejarlo todo. Y en este viaje hacia lo desconocido no cuenta más que con la promesa y la bendición de Dios. Y san Pablo deja claro que la salvación no depende de nuestros esfuerzos ni méritos sino de la pura gracia de Dios que nos la ofrece gratuitamente. Pero diariamente tenemos muchas preguntas: ¿cómo es posible que Cristo tuviera que pasar por la cruz? Si Dios es infinitamente bueno y poderoso ¿cómo hay tanto dolor en el mundo, tanta injusticia, tanta violencia? ¿por qué sufren los justos? ¿qué camino tenemos que seguir en un mundo cada día más complejo y difícil? Muchos se han encallado en estos pensamientos. Pedro, en cambio, descubre que a la gloria se llega por la cruz, por todo tipo de sufrimientos. No entenderemos a Dios sino caminamos con Jesús por el camino de la Cruz. En esos momentos de cruz, Dios nos dice que escuchemos a Jesús, que no temamos. El miedo es una reacción común cuando uno se ve desamparado. Cuando nos fallan las previsiones o perdemos el control, cuando nos vemos vulnerables… corre el miedo. Confiamos en los que técnicamente nos ayudan a afrontar dificultades sociales, ambientales o sanitarias pero sobretodo, aquí, la voz de Dios ilumina nuestra realidad. En pleno siglo XXI, el siglo de tantos progresos, sentimos también nuevos miedos.

Los discípulos se atemorizaron ante la Transfiguración pero Jesús los exhortó a no tener miedo. Preguntémonos ¿de qué tenemos miedo al bajar de la montaña? ¿miedo a cambiar de vida? ¿miedo a que asome nuestra cruz? En Cristo transfigurado descubrimos cuál es la nuestra auténtica vocación. Estamos llamados a entrar en la intimidad de Dios, que nos concede su propia vida sin romper los límites de nuestra finitud. Nuestra meta es Dios. Por nosotros mismos no podemos alcanzar esa meta. Los tres elegidos, arriba en la cima, vieron el cielo abierto. Había que parar el reloj de la historia y hacer de ese momento una posesión perpetua. Pero el cuerpo transfigurado de Jesús anticipaba el triunfo de la resurrección. Ahora es el cuerpo eucarístico el que se nos da para iluminar todos los rincones del alma. El espíritu decidido subirá al monte y la carne débil recibirá su peso de gloria. Lo que todavía está enfrontado un día se unirá.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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