LA IGLESIA NOS PONE EN GUARDIA
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LA IGLESIA NOS PONE EN GUARDIA

La Iglesia nos pone en guardia, al iniciar el camino cuaresmal, ante la tentación. Nosotros hablamos de tentación cuando sentimos la presión de nuestros malos instintos o cuando nos vemos arrastrados al mal por las circunstancias. El Espíritu lleva a Jesús a probarse a sí mismo en el desierto y es allí donde siente fuertemente las sugerencias del maligno para desviarse de su misión. En pleno desierto el demonio le hace ver que salvar al mundo con los medios de Dios es una obra insensata. Jesús sale vencedor, pero también la Iglesia tendrá que afrontar estas tentaciones. Estará tentada de dar a los hombres lo que ellos desean y no la salvación verdadera. Las tres tentaciones de hoy nos recuerdan también las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto. Empezaron a quejarse porque Dios los llevaba por un camino difícil: ¿qué he hecho yo para que Dios me trate así? Luego dudan: ¿puede hacer algo por nosotros? Y al final se apartaron de Él para entregarse a un dios más humano.

Cuando el demonio agotó todas las formas de tentación, se fue para volver en un momento más oportuno. Seamos conscientes, pues, de que hay quien trabaja por alejarnos de Dios y de su Palabra. Debemos tener pleno conocimiento de que la obra diabólica, que Cristo ha vencido, nos tienta y, por tanto, además de luchar contra nosotros mismos la batalla también es contra él. La tentación nos presenta las cosas de tal forma, que nuestros malos actos parecen justificables y lógicos. Somos presas del demonio cuando no somos humildes y no  reconocemos nuestras limitaciones. Cuando somos laxos, cuando la indiferencia nos invade, cuando nada nos llena, cuando abandonamos la oración y los sacramentos suenan todas las alarmas. El demonio nos ataca sutilmente, ganando pequeñas batallas con el propósito de irnos alejando gradualmente de Dios, hasta que sin darnos cuenta llegamos a abrazar el pecado como forma de vida permanente. El diablo no nos obligará a hacer algo que nosotros no queramos. La invitación de Satanás a cualquier pecado es siempre por medio de la puerta a las concesiones. Él convence al alma de que el pecado no es un pecado. Es decir, nos hace creer que haciendo concesiones tendremos frutos buenos. Satanás, por ejemplo, nos desanima para hacer oración diciéndonos que no es tan necesaria o que no produce tantos beneficios como nos dicen. Acaba convenciéndonos de que los sacrificios pequeños no tienen mérito.

Para defendernos y salir victoriosos custodiemos la práctica de los cinco sentidos para que no sean una puerta para el mal.‍ Llevemos una vida  eucarística para convertirnos en lo que recibimos. Pidamos ser desatados del pecado. ‍Confiemos en Dios: la ansiedad puede conducir a más tentaciones. ‍Evitemos andar quejosos, cultivemos la gratitud. ‍Perdonar y aceptar el perdón de Dios. Nunca olvidemos lo inteligente que puede llegar a ser el maligno para tentarnos. Y por encima de todo sintamos la seguridad y la cercanía de la presencia de Cristo, de la Virgen María, de los ángeles y los santos. Con la Palabra viva de Dios corramos hacia Él y el diablo será quedará confuso cuando, a pesar de estar caídos, vea que nos levantamos más libres.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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