LOS OJOS DE DIOS
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LOS OJOS DE DIOS

Mientras los ojos de Dios miran a los que le temen,y conoce todas las obras del hombre (Eclesiástico) son nuestros ojos los que no pueden ver, ni nuestro oído oír, ni nuestro entendimiento pensar, lo que Dios nos concede cuando recibe el homenaje de nuestro amor (Co 2,6-10). Por eso en el Salmo le suplicamos ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu ley.Pero hoy una expresión capta nuestra atención por su fuerza y su novedad. El Señor nos dice hoy repetidas veces: “Se os dijo, pero yo os digo”. Así pone al descubierto la novedad de su enseñanza que llega a los entresijos del alma, ayuda a superar la comodidad del espíritu religioso y lleva de la mano a la radicalidad evangélica que es mucho más que todas nuestras adaptaciones bienintencionadas.

Cuando nos miramos a nosotros mismos fácilmente erramos. Hay personas que cuando se ven en un espejo, se ven mal. Y no importa si en realidad están bien, para ellos están mal. Sus acciones serán malas porque así se ven. Hay otras personas que cuando se ven en un espejo se ven llenos de defectos. No importará cuan virtuosos o capaces de bien sean, actuarán con desánimo. Por tanto, según la perspectiva que tengamos de nosotros, así serán nuestras acciones. La verdad es que Dios no necesita vernos a través de su Hijo porque ya estamos en su Hijo. Jesús y yo somos uno. Tú y Jesús sois uno. Dios nos ve directamente. Dios nos ve y se deleita porque hemos sido hechos una creación completamente nueva. No hemos sido solo reparados sino que hemos sido reconstruidos en Cristo. Esta verdad tiene grandes implicaciones. El miedo de arriesgar demasiado jamás permitirá que podamos intimar con Dios. Pero si creo que soy una creación nueva podré gozar de una relación de intimidad con el Padre como nunca antes. Dios me ve. Me ve directamente porque Jesús y yo somos uno. Sucede como en las águilas que tienen una membrana en los ojos que les permite mirar directamente al sol. Dios las hizo de esta manera. Así, la Escritura nos compara con las águilas. Dios nos hizo en Cristo para mirar directo al Sol, sin filtros.

No pretende Jesús que nos arranquemos un ojo o cortemos un brazo para evitar el pecado; pero nos indica que si por salvar la vida, somos capaces de pasar por una extirpación de cualquier parte del cuerpo, cuánto más debiéramos hacer por salvar nuestra alma. ¿Hacia dónde apunta Jesús con estas palabras que chocan con la mentalidad de entonces y de ahora? Pues hacia la verdadera raíz de las cosas: el corazón, sus intenciones y deseos íntimos. Sin apertura al Espíritu Santo, por quien nos llega la revelación de Dios y su sabiduría divina, no podemos comprender ni practicar los mandamientos. A cada “Yo os digo” de Cristo nosotros ponemos el “pero” del realismo, de la fragilidad y así nos colocamos casi fuera del Evangelio. Hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el Evangelio no nos quite ni el sueño ni la tranquilidad. Decidámonos a pasar de lo más humano a lo más divino y entonces veremos que algo queda por hacer.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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