NECESITAMOS CORRESPONDER A DIOS
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NECESITAMOS CORRESPONDER A DIOS

Hemos bendecido las candelas que dan luz, la luz de Cristo. Esta luz comenzó en el instante de su nacimiento y hoy se revela como luz en brazos de Simeón a los 40 días de su nacimiento. Y esta luz permaneció durante los 30 años de vida oculta en Nazaret. Y con breves enseñanzas nos dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Finalmente, en la crucifixión “se extendieron las tinieblas sobre la tierra” (Mt 27,45) para dar paso, al tercer día, a la luz de la resurrección. Miremos, por un momento, el alcance de esta luz divina.

Es la luz de Cristo que ilumina las tinieblas del alma, las tinieblas oscuras que invaden la existencia humana. Cuántos años, a veces, necesitamos para aclarar un hecho de nuestra vida o para encontrar la respuesta a una pregunta determinada. Y cuánto trabajo tenemos cada uno de nosotros para dejar atrás lo más atado a la concupiscencia de la carne para pasar a lo más luminoso: la sencillez, la humildad o el sacrificio desinteresado. Pero esta luz también seduce la experiencia interior de los que se sienten atraídos por el corazón abierto del amor crucificado. Así Cristo ilumina profundamente y, con gran delicadeza, el secreto de nuestras conciencias y por ello es el Maestro de la vida, el Maestro de nuestra vocación. La fiesta que celebramos hoy es una llamada a reproducir en nosotros, seres mortales, el misterio de la consagración de Cristo al Padre para la salvación del mundo; es decir, una llamada a vivir más conscientes de nuestra consagración a imitación de lo sucedido en la Presentación de Jesús en el templo.

Vivimos dedicados a Dios desde un camino de predilección iniciado con nuestro bautismo. Tenemos necesidad de corresponder a Dios para gozar de Él sirviendo a los hermanos. Gozo y servicio, en el templo santo de Dios que es la Iglesia, van siempre unidos. La Iglesia ha visto en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, una voluntad de oblación que va más allá del significado ordinario del rito que cumplían. Ella es la expresión más grande de la total consagración a Jesucristo. Renovemos, pues, nuestra dedicación a Dios. Y hagámoslo desde nuestro momento presente para mantener el amor a Dios y aumentar la fe en su providencia. Cuando uno dice que vive dedicado a algo siempre se destaca que ello requiere una tarea exclusiva y no pocas veces se añade, con cierto pesar, que esa dedicación es también lo que impide hacer otras cosas. Pues no es así entre nosotros. Estar dedicados a lo que Dios nos pone por delante corrige la tentación de vivir dispersos sin asumir nada y nos da la oportunidad de consagrar a Cristo un pedazo de vida en el que derrochar el amor con el que hemos sido amados por Él. Con nuestra dedicación y entrega mostramos a todos que cuando cuidamos algo de Dios la consecuencia es vivir una vida en plenitud. Sigamos, pues, caminando a la luz de la fe, esperando entrar un día en las moradas eternas, donde ya no tendremos necesidad de luz porque Dios mismo nos alumbrará (Ap 22,5).

Mn. Pere Montagut, párroco.

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