EL GRAN DESAFÍO
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EL GRAN DESAFÍO

Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Los que escuchaban a Juan Bautista ya conocían el sacrificio del Cordero ligado a la noche del Éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto. Pero el Salmo de hoy nos da la clave de lo que se ha revelado en el Jordán a través de las palabras del Bautista: Tu no pides un sacrificio expiatorio, entonces yo digo: Aquí estoy para hacer tu voluntad, Dios mío lo quiero. Viene, pues, el que trae la alegría de hacer la voluntad de Dios, el que trae la santidad. En la Parroquia escuchamos estas palabras cada día en la oración eucarística de la Iglesia en la que oramos nosotros. Jesucristo nos trae la llamada a la santidad y nos da la fuerza de la santificación para ser plenamente hijos de Dios. Nos puede parecer imposible la ardua tarea de “quitar el pecado del mundo”. Pero para Dios, ¿hay algo imposible?

Un pecado que, a su vez, si progresamos, también progresa; si todo nos es más fácil pues también se difunde con facilidad, si tenemos cosas sofisticadas también sabe seducir. ¿Cómo quitarlo si cada vez es más evidente, atractivo y con más adictos? ¿Cómo quitarlo si cada vez lo vemos más diabólico en su origen y más destructor en sus consecuencias? En el himno del Gloria, al inicio de la misa, hemos invocado al Cordero de Dios, Hijo del Padre. Antes de la comunión repetiremos tres veces: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Y antes de la comunión el sacerdote, como un nuevo Juan Bautista, nos lo muestra: ¡Este es! Es, pues, una imagen y afirmación muy nuestra. Estamos comprometidos en la obra de Jesús. Este Cordero nos acompaña en nuestra soledad, cura toda herida y carga sobre sus hombros divinos los pecados que le llevaron a la Cruz como verdadero Salvador del mundo.

Hoy sabemos que no hay nada definitivamente perdido; que tiene sentido nuestro esfuerzo por recuperarnos. Cada uno de nosotros es como un punto de luz para que todo reciba el resplandor del amor de Cristo. Por eso nos ofrecemos cada día en honor y gloria de Dios. Vinculados al santuario de Cristo también lo estamos en su triunfo. Él ha vencido al mundo. Quitar el pecado es el gran desafío del anuncio cristiano de todos los tiempos: ante tantos que tienen hambre, ante las guerras, las adicciones, el afán de lucro ilimitado, el consumismo, el individualismo egoísta… necesitamos quitar el pecado de dentro y de fuera, tanto interior como exterior. Vivamos, pues, conformes al que nos llama a pasar por este mundo liberados y liberando. Señor Jesucristo, manso Cordero de Dios, te rogamos nos ayudes ahora en lo que podamos sufrir y qye tú conoces, te encomendamos nuestras preocupaciones e intranquilidades, sabiendo que sólo Tú puedes dar el alivio que precisamos para salir con bienestar de toda situación angustiosa. Dichos somos ahora, al ser invitados a las bodas del Cordero. Ahora Jesús viene a unirse a su amada Iglesia. Y ella, su novia, estará siempre al lado de Cristo, secando lágrimas y borrando dolores.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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