LLEVAMOS SU VIDA NUEVA Y DIVINA
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LLEVAMOS SU VIDA NUEVA Y DIVINA

El Señor lo ha tomado de la mano, como un padre a su hijo, y lo ha conformado según su corazón, para constituirlo alianza del pueblo y luz de las naciones. El tiempo navideño termina hoy con la alianza visible, nueva y definitiva de Dios con nosotros en Cristo, en quien se unen indisolublemente la divinidad y la humanidad. La tarjeta de presentación del Mesías es la curación de toda dolencia: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados (Mt 11,5), y salen de la prisión los que habitan en tinieblas (Is 42,7). Son acciones liberadoras que significan salud espiritual y apuntan a la sanación de la raíz de la humanidad oprimida por el diablo, príncipe de este mundo.

En el relato del libro de los Hechos, en casa de Cornelio, sucede una efusión del Espíritu Santo. Por ella se cumple el anuncio de los ángeles a los pastores: en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. Dios envió su Palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Pero ahora Pedro ve claro, comprende, que Dios acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Por su parte, Jesús, con su bautismo de agua, se compromete a asumir su otro bautismo de sangre para así infundir el poder vivificador del Espíritu al agua del bautismo cristiano. Gracias a Él, nosotros fuimos bautizados por el agua y Espíritu Santo convertidos en criaturas nuevas, en hijos de Dios, llevando en nosotros su vida divina.

Ésta es la epifanía que hoy celebramos: la manifestación de Cristo como el Hijo amado del Padre. Y esta escena se completa con la venida del Espíritu Santo que, en forma de paloma, se posa sobre Cristo. Queda por tanto de manifiesto que, en el Bautismo del Señor, Cristo es el Hijo, que ha salido del Padre, como hemos celebrado esta Navidad, que se ha hecho hombre y que tiene la fuerza del Espíritu Santo para hablar y actuar en nombre de Dios Padre. Se cumple también lo que el profeta Isaías anunciaba en la primera lectura de hoy: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”. El bautismo de Juan era de penitencia, de preparación. Por eso dice San Agustín que "valía tanto como valía Juan. Era un bautismo santo, porque era conferido por un santo, pero siempre hombre. El bautismo del Señor, en cambio, era un bautismo divino, porque el Señor es Dios". Nosotros hemos recibido el auténtico bautismo "en el Espíritu Santo". Guardemos con amor tanta gracia recibida ya que nos ha consagrado como sacerdotes, profetas y reyes. Nuestra misión es no traicionar nunca el amor de Dios Padre. Nuestro trabajo es desplegar la santidad recibida cada día ofreciéndonos y ofreciéndolo todo como sacerdotes que somos; nos corresponde vivir el Evangelio de la Salvación y testimoniarlo como profetas en todo tiempo y lugar; y, ungidos como reyes, serviremos reinando liberados del diablo, del pecado que va susurrando y de los ídolos que nos impone.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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