OBSEQUIEMOS AL REDENTOR
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OBSEQUIEMOS AL REDENTOR

¿Dónde está el Rey? Jesús se hace Niño. ¿Quién no ama a una criatura pequeña? Donde hay un recién nacido todos se sienten atraídos por lo que tiene de don, de milagro, de debilidad llena de vida. ¿Pero dónde está el Rey? ¿Dónde está sino en la misma vida que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No estará en la soberbia que nos separa de Dios ni tampoco puede estar en la falta de caridad que nos aísla. ¿No será que Jesús desea reinar de otra forma? Ya nos lo dice con su primera enseñanza antes del Calvario: hemos de perseguir no el triunfo sobre nuestros prójimos, sino sobre nosotros mismos. Como Cristo, necesitamos anonadarnos, sentirnos servidores de los demás, para llevarlos a Dios.

Hoy, a los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podemos decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo.Hoy también queremos entrar en la casa, ver al Niño con María su Madre y, arrodillados, adorarle. Nos arrodillamos también nosotros delante de Jesús, Dios escondido en la humanidad. Y le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina llamada, que no nos apartaremos nunca de El; que quitaremos de nuestro camino todo lo que sea un estorbo para serle fieles. Observar a los Magos de Oriente postrados ante Jesús es para todos nosotros una verdadera lección. Vemos a toda su sabiduría y la “realeza” que después se les añadió, arrodillada ante un niño acabado de nacer que no tiene más que unos improvisados pañales. Esta lección nos recuerda que, por muchos mensajes materialistas que podamos recibir estos días o por mucho que nos creamos importantes o poderosos porque tengamos dinero para gastar, sólo debemos humildad y postrarnos ante el único que merece adoración: Dios hecho hombre.

Está claro que también podemos imitar a los Magos, ofreciendo nuestros regalos: el afecto que mueve montañas, la dedicación a los hijos, el buen ambiente en el hogar o los ejemplos de vida de padres y abuelos. Son muchos los niños que reciben regalos, algunos caros y sofisticados, que provocan una alegría momentánea hasta que, poco a poco, vuelve la tristeza de la soledad, de unos hijos que no ven a sus padres durante el día o porque hay discusiones entre ellos o porque hay un ambiente tenso e irrespirable bajo un mismo techo. Los Magos de Oriente no sólo llevaron oro, incienso y mirra al Niño Jesús, sino que presentaron ante Él el instinto de su búsqueda, el deseo cumplido, la admiración, su amor hecho ofrenda, su alegría por ver con ojos de fe... Para eso no hace falta ser rey. Hoy todos los pueblos reciben la luz del Dios verdadero. Y vemos mezcladas, las capas suntuosas y los camellos del cortejo real junto a los atuendos sencillos de unos pastores ante el portal de Belén. Todos comparten por igual, con todo lo que tienen, la alegría por el nacimiento del Hijo de Dios obsequiando al Redentor. ¡Alabado sea Jesucristo! Él será el sacerdote, Mediador único y universal, de la obra de Dios.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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