¡FELIZ SANTA MADRE DE DIOS!
CAT  ESP
¡FELIZ SANTA MADRE DE DIOS!

La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la que estamos celebrando: María, Madre de Dios. Ya en las catacumbas, o en antiquísimos subterráneos cavados debajo de la ciudad de Roma donde los primeros cristianos se reunían para celebrar la Misa en tiempos de las persecuciones, encontramos pinturas con este nombre: “María, Madre de Dios”. Es también Madre de la Iglesia, Madre de cada comunidad cristiana, Madre de nuestra familia. Conocedora asidua de todo lo que nos pasa. Confidente discreta. Consejera oportuna. Consoladora y paño de lágrimas. Luz y fortaleza. Pues hoy queremos que su maternidad espiritual ilumine los pasos de todos los días del año que felizmente hemos iniciado. Agradecidos por tantos beneficios recibidos y por todo lo que la providencia de Dios disponga queremos cada día, cada hora y minuto del año nuevo, acoger la gloria de Dios tal como los ángeles la han anunciado y cantado para ser auténticos testigos del amor y de la Paz que ha nacido en Belén.

Lo más propio de una madre, en su amor carnal, es evitar que su hijo sufra. Ese es el instinto natural de una madre. Sin embargo, es mayor el amor espiritual, el amor en Dios, que tiene María hacia su Hijo que el amor carnal. Es por eso que María no disuade a su Hijo de su entrega en la cruz. Cada vez que Jesús mira a su Madre, es como si escuchase el "¡Hágase!". Jesús aprendió de su Madre a decir: "hágase". En la divinidad, Jesús, desde toda la eternidad ha dicho "hágase"; pero como hombre lo aprendió de María hasta la Cruz. La maternidad divina une a María con su Hijo con un lazo mucho más fuerte que el de las demás madres con respecto a sus hijos. Jesús es fruto de su virginidad. La maternidad divina liga a María con Dios Padre de una manera que no se puede expresar con palabras humanas: el Padre dispuso que Jesús fuese Hijo tan suyo como de ella. La maternidad divina une igualmente a María con el Espíritu Santo, ya que por el Espíritu Santo concibió al Verbo en su seno.

Y además hemos de concluir que la maternidad divina es la causa de la gloria espiritual de María, a la que se venera de un modo preeminente entre los santos y los ángeles del Cielo, por la misión recibida del Señor. como Madre de Dios, por ser la “llena de gracia”, la Madre del Verbo encarnado, Madre unida íntimamente a los misterios de su Hijo a quien sigue a cada paso.

La Virgen mira al Niño. Es su bebé, carne de su carne y fruto de su vientre. Lo ha llevado en su seno nueve meses y le da el pecho y su leche se convierte en sangre de Dios. Entre sus brazos le dice: “¡Mi Pequeño!”. Pero reflexiona: “Es Dios”. Le invade un santo temor ante este Dios mudo. Este Dios es mi Niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos… es Dios y se parece a mí. Ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de Dios, para ella sola. Es Dios a quien puede estrechar entre sus brazos y cubrir de besos. Dios que sonríe y respira. Dios al que puede tocar y que vive. ¡Bajo tu amparo nos acogemos, feliz Santa Madre de Dios!

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete