LA SAGRADA FAMILIA
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LA SAGRADA FAMILIA

La Sagrada Familia nos muestra el amor natural que encontramos en nuestras familias abierto al amor eterno de Dios. Sigamos sus pasos. Nuestras familias pueden ser también el lugar en el que acoger la presencia amorosa de Dios. En el silencio del hogar de Nazaret, Jesucristo nos enseña, sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad. La Sagrada Familia no tuvo fácil vivir el proyecto de Dios. Sufrió un mundo dominado por proyectos ajenos al de Dios. El Hijo de Dios, ya desde el inicio, se ve envuelto de inseguridad y hostilidad. Aunque esta nueva criatura no parecía presentar un problema para los poderes establecidos su vida de Mesías tenía que ser controlada, censurada o, llegado el caso, eliminada. Quizá muchos no entenderán la insistencia de la Iglesia en contemplar hoy la vida de aquella familia en donde María, José y el Niño eran poco conocidos. ¿Qué sentido tiene?

Dios ha venido a hacerse uno de nosotros. Pero no sólo en algunas cosas y en otras no sino en todo, compartiendo los desconciertos y complicaciones de nuestra condición humana. Hoy podemos mirar a Dios cara a cara en familia, podemos encontrar a su Hijo en un hogar, aprendiendo y descubriendo, y donde es amado profundamente, totalmente. Si la familia nos da esta seguridad también cada familia es escuela para dar a conocer, de un modo claro, sencillo y vivido, las verdades elementales de la fe cristiana. Algunos apuntan a un recién nacido en un club de fútbol y luego, a su tiempo, le hablamos del equipo, de su historia, de sus jugadores y, finalmente, acuden a los partidos y celebraciones, es decir, todo se vive en casa. ¿Y que hacemos cuando hay que celebrar la fe? ¿como acudirán los hijos a misa, si los padres no tienen en cuenta esta gracia, este deber, esta relación primordial? Trasmitir el sentido festivo de nuestras celebraciones dominicales no es hacerlas infantiles. A vosotros, padres y abuelos, os corresponde transmitir el amor a Dios para que vuestros hijos y nietos vivan la eucaristía como lo que es. La desintegración familiar empieza cuando no queremos o no hay día para decir “gracias” a Dios.  

¡Cuántos padres se limitan a dar a sus hijos el comienzo de la vida! Padres que se contentan con darles alimento, cuidar su salud, vestirles y se olvidan de aquello que, más que nada, es el signo de la maternidad y paternidad: hacer que los hijos, pequeños e indefensos, gracias a buenas dosis de ternura, de entrega, de ejemplo y de fe lleguen un día a parecerse a los padres. La voz unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero más intensa hoy, es esta: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla porque ella es el lugar en el que Dios ha puesto la cuna del aprendizaje de la vida. Nadie pondrá remedio a lo que no se viva en el hogar. Lo que no se aprende en casa no se aprende fuera si no es con gran dificultad. Nazaret es, hoy y siempre, una llamada eterna a cuidar la familia, a procurarla para el que no la tenga y a crearla de nuevo para que lo más noble, insustituible y santo de esta vida no se pierda y nosotros no nos perdamos habiendo maltratado algo tan divino.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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