JESÚS, SALVADOR.
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JESÚS, SALVADOR.

 

Jesús, Salvador.

 

Dios habla en sueños a José. Y le pide que acoja a María, que está encinta y espera a un hijo. José hace caso a su sueño, aunque no lo entienda del todo, aunque suponga romper con convenciones sociales, aunque suponga correr riesgos. Y José, obediente a la palabra que es más que un sueño, colabora con la llegada del Mesías, es instrumento de la irrupción de la salvación en nuestras vidas. Estamos a punto de celebrar algo "imposible" desde una mentalidad humana: el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros, en la humildad de nuestra carne, algo que el ser humano nunca hubiera podido imaginar o concebir. Y acabamos de escuchar cómo sucedió esa encarnación.

Jesús no será un enviado más de Dios. Como dicen los villancicos: “otro como él no lo hay, no lo hay”. No podía tener padre humano, porque sería a quien tendría que imitar en la tierra. Su modelo será exclusivamente Dios. Será Hijo porque en todo imitará al Padre. Nos puede parecer un lenguaje extraño, pero en aquella época, la referencia de un hijo al padre no se medía por lo biológico, sino por la capacidad del hijo para imitar al padre. Por eso la Palabra de Dios de este domingo es una renovada profesión de fe en Dios. Y es importante destacarlo por nuestra situación cultural y social, en la que predomina el silencio sobre Dios. Para muchos de vosotros, en vuestra niñez y juventud, muchas cosas os hablaban de Dios y del Evangelio. Pero hoy apenas existen cauces por los que llegue a las nuevas generaciones el anuncio de Dios y la invitación a acoger su presencia. Hay un silencio sobre Dios también en el hogar, en la enseñanza y en los medios de comunicación. Un verdadero “eclipse de Dios” decía SJPII. Dios nos llama a todos a participar en la obra de la Salvación. A todos y con misiones distintas. Ninguno es imprescindible pero todos somos importantes. Para Dios no hay segundos ni terceros papeles: en la historia de la salvación todos somos protagonistas. Miremos a San José: ¿Lo imaginamos sin su disponibilidad, sin su pureza, sin su amor a María?

A nosotros también el Señor nos invita a "desear lo imposible". Dios mismo viene y nace en nuestra realidad. La liturgia de la Iglesia nos ayudará a esperar y creer, a vivirlo y meditarlo. ¿Nos atreveremos a pedir al Señor una señal o, como el rey Acaz, no la pediremos porque no la creemos posible? El final del Adviento nos ayuda a descubrir nuevamente la Salvación de Dios que es Jesús. Él nos salva de nuestra soledad. De creernos en un “planeta” a la deriva y sin sentido. Dios ve nuestras necesidades cuando nadie las ve. Como aquel hombre en la piscina de Betsaida: “Señor no tengo a nadie que me ayude”. Rodeado de gente estaba solo y Jesús se preocupa y lo cura. Jesús nos salva de quedar prisioneros de nuestra maldad, de todo pecado y de cada una de sus esclavitudes. Nos salva en las tentaciones y pruebas que sufrimos personalmente y como pueblo santo. Nos salva del miedo a la muerte. Jesús, dejando la gloria del cielo, entra en un mundo roto para ser el camino íntegro que lleva a la eternidad, camino que va desde el nacimiento a su glorificación. Para los que le pertenecemos ya no hay temor alguno. Son días de fe. Despertemos el hambre de amor que se reparte en la pobreza de Belén. María, mirando a José, ya sabe que Dios le ha hablado. Se aman en Dios y todo se cumplirá. Seamos también protagonistas de esta historia.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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