ATENTOS A LO PEQUEÑO E INSIGNIFICANTE
CAT  ESP
ATENTOS A LO PEQUEÑO E INSIGNIFICANTE

 

Fijándonos en el evangelio proclamado, nos encontramos con Juan Bautista, el mensajero de Dios, encarcelado por Herodes Antipas. Estando en la cárcel le llega la actividad profética y los poderes milagrosos de Jesús. La claridad con la que había señalado a Jesús en el río Jordán, como el Mesías, parece ahora oscurecerse. Juan esperaba otro tipo de Mesías, más justiciero, severo con los pecadores, un Mesías que hiciera desaparecer el mal de la tierra. Las noticias que le llegan en la cárcel no responden a sus expectativas. A los mensajeros de Juan, Jesús les responde “anunciad lo que estáis viendo y oyendo”: los cambios de vida, la sanación del cuerpo, la vida que vence a la muerte, el Evangelio que entusiasma a los pobres.

Que fácil es convertir el gozo y la felicidad de lo que esperamos en algo nuestro. Qué fácil es estar de espaldas a la realidad de lo que Dios está haciendo entre nosotros. Que fácil es divinizar nuestras pequeñas experiencias; y así llamamos “Dios” a lo que imaginamos o, peor aún, hacemos de la felicidad, una magia, un ídolo. En nuestra ciudad mismo, para anunciar la Navidad, se nos dice estos días: “bienvenida la magia”. El Adviento nos recuerda hoy que quien busca a Dios encuentra siempre la alegría, mientras que quien busca la alegría no siempre encuentra a Dios. Siguiendo placeres y emociones cada vez más intensos, o añadiendo placer a placer necesitaremos dosis cada vez mayores para lograr lo mismo.

Renovar la acogida de Dios nos obliga a profundizar en la realidad para descubrir los signos de su presencia en las personas, signos aparentemente pequeños e insignificantes pero que transforman totalmente la vida de quienes acogen a Cristo a pesar de la presión de las condiciones externas. Por eso el Señor nos avisa: ¡dichoso el que no se escandalice de mí! No escandalizarse de como viene Dios a nosotros, ése es el verdadero milagro, no sólo en Navidad, sino siempre. De ahí la recomendación del apóstol Santiago:  “Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor… manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca”. Lejos de sentirnos desencantados o defraudados al no ver los "milagros" que queremos, podemos probar una purificación que nos ayudará a recibir la verdadera alegría de lo Alto: es hacer el ejercicio de acoger la alegría que sienten o tienen otros hermanos e incorporarla en nuestra vida interior como algo nuestro. Así nos hacemos merecedores de la alegría suprema que nos anunciarán los ángeles, así nos acostumbramos a recibir con fe no solo algo que nos alegra sino a quien es la alegría con la única condición de que sea él mismo más y más deseado.

 En este domingo de gozo, recuperemos el santo deseo de ser mejores hijos de la Iglesia y de confiar con optimismo en el Señor y en el poder de su Palabra. Está cerca para muchos la gran liberación que es Cristo Jesús. Hace más de veinte siglos que al llanto del Niño de Belén le sigue el llanto de los inocentes sangrientos. Pero junto al llanto está el gozo de ver y creer a “Dios con nosotros”. En medio de lo inseguro y rodeados de dudas, tenemos la certeza de que ningún proyecto humano en la tierra puede superar el horizonte abierto en la mirada humana del Hijo de Dios que cuenta el número de estrellas y las llama por su nombre. Esta es la alegría verdadera.

 

Mn. Pere Montagut

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete