DE ELLA NOS VIENE LO MÁS PURO Y MÁS LIMPIO
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DE ELLA NOS VIENE LO MÁS PURO Y MÁS LIMPIO

La concepción inmaculada de la Virgen María es el signo más claro de que Cristo está cerca, de que ya viene y está a la puerta. Cuando nuestros primeros padres rechazaron a Dios, cuando prefirieron desenvolverse solos sin referencia al que los había creado por puro amor, en medio de una larga noche de pecado y de muerte, una luz se encendía en el mundo cuando la Virgen fue concebida limpia de toda culpa. De este modo, Ella anuncia a Cristo, Sol que nace de lo alto, para alumbrar a todo el que viene a este mundo. La concepción es el momento en el cual Dios crea su alma y la infunde en la materia orgánica procedente de sus padres Joaquín y Ana. La concepción es el momento en que comienza la vida humana. Así se cumple la promesa de Dios al principio de la creación: aunque rechacemos a Dios, Él no se deja vencer. De la descendencia de la mujer vendrá Aquél que aplasta la cabeza de la serpiente, el Tentador. El nacimiento de Cristo vencerá y reparará el engaño fatal del Príncipe de las tinieblas. María concebida sin pecado, absolutamente limpia de toda culpa desde su concepción, es el milagro del amor gratuito de Dios que hoy celebramos.

Ciertamente, la Virgen María ha sido concebida sin pecado por sus padres Joaquín y Ana. Desde el inicio de su vida María se pone ya toda entera a disposición de Dios para que, por Ella, Él pueda llegar a ser carne, carne de su carne materna, carne de nuestra carne adoptiva. Y cuando el Hijo de Dios crezca en sus entrañas y entregue su carne divina para reconciliar al mundo con Dios, cuando el Salvador se ofrezca como comida eucarística por todos aquellos que le reciban con fe, entonces Cristo introducirá en primer lugar a su Madre, figura primera de la Iglesia, en su propia carne y así será posible el “sí” de todos a Dios. Le pedimos, pues, en este día, con confianza filial, la limpieza de nuestros corazones, la inocencia de los niños, la pureza de los jóvenes y el amor siempre fiel de los esposos abierto a la transmisión de la vida. Ya el Papa san Juan XXIII nos llamaba a todos a cooperar, con la gracia de María Inmaculada y a la luz de sus enseñanzas, en la purificación de las costumbres privadas y públicas (8/12/1960).

Aunque esta sea una nota más bien triste de nuestro tiempo, la Iglesia está obligada en conciencia a propagar la virtud de la pureza. Con la ayuda de la Purísima nos es posible mantener siempre la pureza tanto del cuerpo como del corazón. El ambiente actual, irresponsablemente permisivo, se ha transformado en claramente agresivo. La generalización de la sensualidad, la eliminación del pudor y la corrupción moral son muestras evidentes de que nuestra cultura dominante no acepta que el ser humano esté herido en su interior. Sin una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios, y sin la corona de la castidad, que protege el amor humano y nos enseña a cooperar libremente en el plan creador de Dios, todos los esfuerzos por purificar el ambiente físico, limpiar los océanos sucios y toda contaminación resultarán vanos. El mayor desequilibrio de nuestro planeta es el pecado. Y la suciedad que amontonamos no es más que la proyección de lo que somos. Sin María inmaculada no hay Adviento ni esperanza; con María, toda instigación del diablo puede ser vencida. De Ella nos viene lo más puro y lo más limpio para levantarnos y seguir caminando hacia el futuro de Dios.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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