VAMOS AL ENCUENTRO DEL SEÑOR
CAT  ESP
VAMOS AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

Vamos al encuentro del Señor

 

La Iglesia, en Adviento, nos recuerda que hay una semilla de eternidad que todos llevamos dentro de nosotros y por la cual nos podemos levantar contra la muerte. La utilidad de las comodidades materiales y técnicas, tantas capacidades como tenemos de prolongar muchos años nuestra vida, todo ello no puede acabar con la verdadera ansiedad del corazón, el deseo humano por excelencia, que es el de una vida que está todavía por venir. Jesús no duda, en este primer domingo, en recordarnos los tiempos de Noé, cuando la gente "comía y bebía" descuidadamente sin preocuparse de la cuestión fundamental: su relación con Dios. Y así, desprevenidos, fueron arrollados por la catástrofe del diluvio. Es una advertencia más bien inquietante. Para nosotros el sueño puede ser el desinterés. O sea, la salvación como algo que no nos afecta o que no sabemos qué hacer con ella. Esperar al Salvador significa estar interesados, reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -y la urgencia- de la conversión. Significa, en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, caer en la cuenta de que es necesario preocuparse de un "negocio" fundamental.

La parábola del siervo y del señor (que puede llegar en plena noche) nos habla de una espera dinámica y activa. Se trata de esperar, sí, pero más conscientes de los deberes de cada día, de la vida ordinaria con sus responsabilidades terrenas pero a la luz de las realidades últimas. Velar, pues, será lo contrario de la evasión. Velar nos ayuda a romper con las "obras de las tinieblas", como dice San Pablo, romper con la mentira, la hipocresía, la vanidad. No estamos en vela porque tengamos miedo a la llegada del Señor sino porque queremos que, cuando se presente -y siempre será de improviso- lo encuentre todo a punto y muy suyo. El Adviento nos invita a pasar cada día, cada momento, en presencia de Aquel “que es, que era y que vendrá” (Ap 1, 4), al que pertenece el futuro del mundo y del hombre. Ésta es la esperanza cristiana. Sin esta perspectiva, nuestra existencia se reduciría a un vivir para la muerte. Y una vida así nos daría muchas razones para vivir asustados. En este sentido, no faltan estadísticas para ver dónde están las auténticas alarmas de nuestra vida social y espiritual: el rumbo de muchos jóvenes agarrados a cualquier ídolo que les dé algo de sentido, la inestabilidad de los matrimonios que provocan hijos heridos de afecto y vulnerables a cualquier instinto, la desesperación de los ancianos que no cuentan en los planes familiares, la sumisión al trabajo como máximo rendimiento para ganar y triunfar, el olvido de la gratuidad de la Eucaristía y del Domingo, la violencia creciente a causa de no identificar los peores pecados y confesarlos, la soledad que aísla y enfermiza el pensamiento…

El Adviento será el descubrimiento de una gran aspiración para todos: volver a la casa del Señor. No vamos hacia la muerte y la destrucción, sino hacia el encuentro con Él. Isaías nos lanza esta invitación: “Venid, caminemos a la luz del Señor”. Las tinieblas son signo del pecado. Caminar en tinieblas es vivir alejados de Dios, que es la luz plena. Seamos, pues, Parroquia atenta a la luz de Dios, lejos de modas, ambiciones o vanidades. La vida se acaba pero nuestra existencia continuará ¿nos preparamos para este tránsito?

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete