VIVIR EN SU REINO
CAT  ESP
VIVIR EN SU REINO

Estamos alegres, en la casa del Señor, para celebrar a Jesucristo Rey del Universo. La gran tentación del ser humano es “salvarse a si mismo” y esa es la tentación que, en el momento culminante del Calvario, los magistrados, los soldados y hasta uno de los condenados arrojan sobre Jesús, el Hijo de Dios. Todos ellos le tientan: “sálvate a ti mismo”. Y se lo dicen a él, al Maestro, a Aquel que con palabras y obras ha demostrado que ha venido a derrotar la obra diabólica y a salvar lo que estaba perdido. Y el mundo nos lo dice continuamente a nosotros, hijos de Dios, aunque por el bautismo abandonamos las tinieblas del pecado y de la muerte y fuimos trasladados, por puro amor, al Reino del Hijo amado de Dios.

Vivir en el Reino es recorrer un camino de renuncia y de alegría. Hemos  comprobado como Dios no abandona en el fracaso a quienes ponen su confianza en Él. Dios no deja tirados en la cuneta de la vida a quienes al final obedecen sus mandamientos. Dios acoge al humilde y rechaza al soberbio, Dios está muy activo: “el que se humilla será enaltecido y el que se ensalza será humillado”. ¡Que gran diferencia hay entre humillarse y ser humillado! Cristo sufrió la humillación del pecado del mundo para poder levantar al pecador. Humillarse es el inicio de nuestra apertura y es posible abrirse porque antes alguien nos ha dicho con voz divina, con voz amiga y poderosa: “venid a mi”. Quizás durante la semana no pensamos en el feliz término en el que nos encontramos ahora. Y es que no caemos en la cuenta de que todos los desvelos del Corazón de Jesús son para sentarnos como hijos en el banquete de la Eucaristía, son para que se nos abran los ojos y son desvelos para que vivamos en su reino con el mismo y único propósito de Cristo: cumplir la voluntad del Padre. No nos equivoquemos de camino en nuestra vida real. Que fácil es dejarnos llevar por todo lo que la industria de la felicidad fabrica sin parar para que consumamos glorias humanas; que fácil es quedar seducidos por tantos triunfos sin cruz; y que difícil es huir de paraísos en los que una vez dentro no encontramos más que muros y máscaras para malvivir como esclavos que se contentan con un pequeño trono desde el que creemos salvarnos a nosotros mismos.    

¿Qué habríamos hecho nosotros, colocados junto a la Cruz de Cristo? ¿Seríamos como el buen ladrón o habríamos rechazado la gracia de Dios, tan al alcance de nuestra mano? Hay momentos en la vida en el que estás tu y tu respuesta a la gracia, y eso no puede camuflarse. Llega la hora en la que la última palabra depende del misterio de nuestra libertad, la libertad que Dios nos ha dado para responderle y entregarnos a él. Cristo rey nos invita a entrar en su reinado sirviéndonos. En este día repetimos a Jesús: Acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino. Acuérdate de mí, porque me falta fuerza, porque soy pecador. No podemos conformarnos con llevar la cruz como adorno o besarla pero sin cargar con ella. Eso sería prolongar la burla de los que se mofaban de Jesús. Desde el momento en que Jesús le dice: Hoy estarás conmigo en el paraíso,la cruz de aquel ladrón se convierte en Cruz de Cristo. De este modo este Rey de misericordia intercambia su vida con nosotros. El amor de Cristo no cesa porque reina. A Él servimos y adoramos.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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