SER DIGNOS DE LA VIDA ETERNA
CAT  ESP
SER DIGNOS DE LA VIDA ETERNA

Cuando se habla sobre la muerte y de cómo afrontarla encontramos todo tipo de experiencias y teorías. Pero hay una ausencia dramática: la verdad sobre la resurrección de Cristo que ha cambiado la consideración de la vida y de la misma muerte. Los saduceos, con la historia narrada en el Evangelio de hoy, tenían el único propósito de ridiculizar a los que creían en la resurrección de los muertos. No les interesa la resurrección sino desprestigiar a Jesús ante la gente del pueblo.

Para que Dios nos juzgue dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos hay que trabajar aquí y ahora, en esta vida, porque es aquí donde se decide la vida del más allá. ¿Qué nos dice Jesús de aquella vida? Que será inmortal, que no estará sujeta a las miserias y limitaciones de ahora, que el amor pleno y total será solo Dios y que, por tanto, el amor matrimonial entre hombre y mujer ya no tendrá cabida. Los dignos de la vida eterna serán como ángeles; hijos de Dios, porque participarán en la resurrección. Este es el destino feliz que nos aguarda: una vida inmortal por la participación en la resurrección de Cristo, el Hijo único del Padre. Entonces la gloria de Cristo será nuestra gloria. Por tanto, este mundo no es nuestra meta. Es comparable a lo que sucede en el seno materno: para el que ha sido concebido, el vientre es una etapa transitoria de su existencia que abandonará al nacer. Pues nosotros estamos destinados a un auténtico renacer a la plenitud de la vida en Dios. En la muerte, Dios nos llama hacia sí. Por eso, podemos experimentar un deseo semejante al de san Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1,23); es más, podemos transformar nuestra muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23,46):

¿En qué va a consistir nuestra resurrección? Creemos firmemente en que Cristo nos resucitará en el último día. Después del complicado caso que plantean los saduceos en el Evangelio, nos podemos preguntar: ¿por qué tenemos que suponer que la vida eterna va a ser como esta vida tan limitada y pobre? ¿No es Dios un Dios de vivos? El que creó este mundo, ¿no será capaz de crear una vida distinta que se pueda desarrollar en plenitud, en una plenitud que nosotros no podemos ni siquiera imaginar? La familia del libro de los Macabeos (en la primera lectura) responde a sus torturadores con la confianza: no saben ni dónde, ni cómo ni cuándo pero están seguros de que Dios cumplirá sus promesas levantándolos de entre los muertos. También nosotros creemos en Él y estamos convencidos de que Dios hará eterna nuestra vida y eterno nuestro amor. El pensamiento cristiano no concibe la vida futura a imagen de la vida presente, sino la vida presente a imagen de la futura. Nuestra existencia temporal encontrará su sentido en la eternidad. Si no hubiese Resurrección –es decir, el cielo en plenitud humana- tendríamos razones para el pesimismo. Aunque el peso del morir nos entristece por todo lo que dejamos… frente aquellos que sólo creen en lo que ven, nosotros –por la Palabra del Señor- y por su muerte y resurrección, creemos en lo que no vemos: ¡resucitaremos! Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso nos hará parecidos a los ángeles. Esto es lo más grande que está por venir, la clara promesa del Señor.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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