"CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS"
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"CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS"

Los medios de comunicación nos presentan hombres y mujeres de vidas aparentemente “brillantes” pero moralmente decadentes y turbias; nos cuentan sucesos que ponen al descubierto abismos de odio y perversión. Pues nos viene bien hoy unirnos a la fe de Todos los Santos que gozan ya de Dios eternamente. Necesitamos venerar a todos los Santos para que no se nos pierda el alma por la desconfianza al ver tantas sonrisas falsas y tantos corazones vacíos. Sabemos bien que no todas las aspiraciones y sueños se cumplen y que algunos acaban entrando en conflicto con otros. Los niños aprenden muy temprano que no todo lo que desean se puede tener y los adultos descubrimos que el tener muchas cosas no nos asegura la felicidad.

La aspiración y el deseo es un mecanismo poderoso que nos permite progresar y realizarnos. Pero el deseo necesita un cauce para que no se vuelva contra nosotros. El Evangelio de las bienaventuranzas nos propone el  cauce para enderezar el deseo humano por el buen camino, hacia aspiraciones más altas. “Nuestros santos ―dice san Bernardo― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Pero confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos". Este es el significado de la solemnidad de hoy: el luminoso ejemplo de los santos suscita en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo implica vivir cerca de Dios, formar parte de su familia.

Creo en la comunión de los santos”. Por esta comunión invocamos a la Iglesia triunfante (que son los santos ya salvados, canonizados o no) después auxiliamos a la Iglesia purgante (que son los santos en vías de salvación) y, finalmente, impulsamos a la Iglesia militante en la que estamos nosotros como peregrinos, en camino de salvación. Los santos esperan una recompensa: la de gozar de la dicha de la presencia del Señor por toda la eternidad. ¿Deseamos esta eternidad o nos conformamos y vivimos de lo efímero, del instante, de lo inmediato? Si nuestra verdadera alegría no está en la esperanza de ver y estar con el Señor en la eternidad, si no trabajamos y nos afanamos cada día por nuestra recompensa definitiva entonces no llegaremos a entender la verdadera felicidad. Entonces cualquier tropiezo o sinsabor, un fracaso cualquiera, una enfermedad, la misma vejez y la muerte serán motivos suficientes para decepcionarnos de la vida y de Dios.

Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3) y el amor de Dios traspasa tosas las fases, momentos y vivencias de la vida. Dios nos comunica su santidad en los sacramentos. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan no solo a nacer, crecer, vivir y morir (que eso es ley biológica) sino que nos enseñan a sufrir amando y amar sufriendo para resucitar a la vida bienaventurada. Pidamos, pues, la intercesión de todos los santos y del santo de nuestro nombre o de nuestra devoción ya en la Iglesia triunfante; y recemos por los difuntos de la Iglesia purgante en vías de salvación. ¡Santa María, reina de todos los santos, ruega por nosotros!

Mn. Pere Montagut, párroco.

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