EN ESTE DÍA SOLEMNE
CAT  ESP
EN ESTE DÍA SOLEMNE

En este día solemne, Cristo, Palabra de vida y Pan de vida, resucitado y glorioso, nos convoca en su Iglesia para que, agradecidos a la Madre del Cielo, permanezcamos fieles a nuestra vocación cristiana que es luz del mundo y sal de la tierra. Fieles a la gracia de Dios, que abundantemente se distribuye y da fruto en nuestra comunidad parroquial, celebramos con alegría nuestra fiesta patronal: Santa María del Remei. Todos, familias y niños, jóvenes, adultos y mayores, feligreses de siempre y recién llegados a la Parroquia o a nuestro barrio de Les Corts, formamos lo que la divina Providencia, en este templo, levanta como asamblea santa, pueblo de Dios en camino de vida eterna. Celebramos a Cristo la esperanza de la gloria, celebramos al Señor que resplandece a pleno día cuando acepta la ofrenda de nuestros trabajos y al Señor que hace luminosa la noche cuando no hay otra palabra que nuestras lágrimas. Hoy es un día para no dejar pasar cada milagro, tantas oportunidades y todas las grandezas que el Señor Jesús nos concede y que la Virgen María, Señora, Madre y dulce educadora de nuestra piedad, nos anima a recoger como flores de un jardín que florece sin marchitarse. Tenemos a nuestros abuelos que son gigantes en la fe, que nos dan lecciones de constancia y de amor a Dios a prueba de cualquier dificultad. Cuando de forma accidental algunos ya no pueden desplazarse a la Eucaristía o a las oraciones en común comentan: “cuanto deseo volver a mi parroquia”. La añoranza del templo y de la comunidad es un don que levanta el ánimo y una gracia que fortalece la vida interior. 

La confesión de los pecados y la renovación del espíritu suceden en el silencio del confesionario que es como estar a los pies de Jesús, junto a su corazón palpitante de amor misericordioso y ante su mirada que salva y no condena. La alegría de Dios tiene el cielo abierto cuando de rodillas pedimos poco y se nos da mucho. También no deja de sorprendernos el testimonio de muchos de nuestros jóvenes que, experimentando las redes y cadenas malignas del mundo -con sus ídolos y promesas para sustituir a Dios- han podido romper lo que el diablo creía amordazado para siempre. Es una prueba grandiosa del poder de Dios que por sí mismo, sin que a veces colaboremos con él, abre inesperados caminos de liberación. Así queda claro que Cristo es el protagonista y no nosotros y nuestros planes excesivamente lentos o cobardes. Después de años de trabajos y de entrega a Dios algunos parroquianos pasan a primera línea, a la primera fila de estos bancos como enfermos o debilitados por la ancianidad. Ellos son, en verdad, las perlas preciosas de este templo y la predilección de Cristo que sana el cuerpo y el espíritu. La enfermedad deja sus secuelas pero nuestra Madre encuentra siempre el remedio para aliviar dolores, apaciguar inquietudes y colmar el alma más allá de la carne dolida. Nuevas familias llegan a la parroquia algunas marcadas por la huida de sus países en pobreza extrema o en persecución política.

Aquí encuentran la misma Iglesia, la misma lengua, la misma fe y pasan a ser miembros vivos y comensales del banquete del reino eterno de Dios. Esto les hace más llevadera la separación de sus familiares y la tristeza de dejar una tierra saqueada por injusticias y tiranos. La oración por los difuntos acerca a la parroquia a muchos familiares y amigos que ya no contaban con ella. Intuyen que es lo más grande que pueden hacer aunque no sepan reconocer los signos de la fe y algunos hasta hayan olvidado gran parte de sus expresiones. Todos deseamos para ellos que escuchen la misma voz angélica que resonó a las puertas del sepulcro: “no está aquí, ha resucitado”. Y no podemos olvidar las continuas llamadas a compartir nuestros bienes, las propuestas de diversas colectas y la colaboración en las mejoras de un templo más que centenario. Todos procuramos una respuesta adecuada a nuestras posibilidades, tanto en lo que aquí se queda para embellecer la casa de Dios o auxiliar a los necesitados como en lo que sale lejos para sostener las más variadas facetas de la evangelización. Esto es una muestra incontestable de que la parroquia es parte de nuestra economía, de que lo que le pase a ella nos importa. I, finalmente, la parroquia es el signo de la permanencia de la fe, ha sido y es la casa de Dios y la puerta del cielo, un faro de luz divina para muchos vecinos o visitantes ocasionales en medio de los cambios sociales y situaciones más o menos favorables.

Feligreses y pastores, han asistido unas veces a épocas de esplendor en el culto y de una Iglesia como referencia única de la vida diaria mientras que en otros momentos han asumido épocas plagadas de conflictos y miedos, entre odios y revoluciones, hasta ser asesinados por la fe. Con medios pobres y sencillez de vida todos ellos celebraron la vida cristiana obedeciendo a Dios antes que a los hombres. Feligreses y pastores de nuestro tiempo estamos llamados, bajo el primado de la Palabra de Dios, a creer, celebrar y fructificar los dones de la unidad y de la paz en presencia de Cristo vivo. El es Señor de cielos y tierra, el Buen Pastor que llama a todos a su rebaño. No nos espantan los desafíos tecnológicos, ni el mercado religioso, ni la deshumanización de nuestro estilo de vida, el vacío espiritual de tantos corazones ni la indiferencia que provocan las riquezas ante la desigualdad y las nuevas pobrezas. El Señor continua diciéndonos: “confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). A Él confiamos nuestras dudas e incertidumbres. De Él nos vendrá el auxilio. Queridos, unos sabrán mucho de su parroquia mientras que otros ni saben donde está… pero la Iglesia no deja a nadie sin Parroquia, sin la comunidad territorial en la que poder encontrar todos los medios de salvación. Pero no hay comunidad en sentido pleno si no hay sacerdote. Parroquias sin sacerdotes es como tener hospitales sin médicos, es como disponer de medios de transporte sin nadie que los conduzca, es como tener un potentísimo ordenador sin nadie que nos enseñe a utilizarlo. Que santa María nos conceda el remedio de ser parroquias fecundas en el Espíritu Santo, el remedio de ser hijos dignos de nuestra Madre celestial y el remedio de las vocaciones (que aquí la Virgen ya ha convencido a tres). Que ella ponga remedio a lo que no pedimos y remedie lo que hemos podido echar a perder. Amén.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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