SOMOS CUSTODIAS PRECIOSAS
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SOMOS CUSTODIAS PRECIOSAS

 

En un día como hoy nos sentimos impulsados a vivir la fe en su dimensión más pública. En la calle, en el trabajo, en la política, la cultura, la familia, la economía y la sociedad; en las diversiones, las amistades y en todos los ámbitos de la vida humana. La presencia de Jesucristo no puede ser ocultada. Él mismo nos envía para que el mundo le conozca y crea en él. Por eso no podemos dejar de estar presentes en la vida pública como católicos. No tengamos miedo del camino que Dios nos haga recorrer. Las pruebas y dificultades que podamos encontrar harán madurar nuestra fe y fortalecerán nuestro testimonio.

En muchas partes Corpus Christi es una fiesta popular. Una fiesta vinculada a la tradición de acompañar en procesión al santísimo Sacramento por nuestras calles. Es la expresión más elocuente de la cercanía del Señor que sale para encontrarse con todos los que le quieran acoger. Así lo hemos vivido en nuestra parroquia. Es Cristo cercano a los que sufren, a quienes no tienen esperanza, a quienes han perdido la alegría de la vida o han visto malograda la alegría del amor. Nosotros hemos conocido el Amor de Dios. Eso nos lleva a adoptar un estilo de vida misericordioso, caritativo, justo. Es una forma de favorecer, con gestos y acciones concretas, la dignidad de muchos y procurar que tantos sufrientes tengan cubiertas sus necesidades.

Pero sin la fe en Jesucristo, sin fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento, todas las manifestaciones y tradiciones en torno al Corpus quedarían vacías de contenido y carentes de sentido. Es lo que ocurre en no pocos pueblos y ciudades en la que esta fiesta se ha visto reducida a una manifestación cultural sin su sentido original. La procesión del Corpus no será nunca una mera manifestación de cultura o de tradición sin referencia esencial a la fe católica. Fijémonos como todos los sacramentos están orientados a la Eucaristía. Los niños de Primera Comunión van con sus vestidos blancos recordando la vestidura blanca del bautismo. La Eucaristía cumple lo que comenzó con el bautismo. Los otros sacramentos también culminan en la Eucaristía. La Confesión y la Unción de los Enfermos restauran la gracia de unión con Cristo eucarístico. El Matrimonio será también signo del banquete nupcial del Cordero. Y, el mismo sacerdote, se identificará con Cristo ostia  y la víctima de la Eucaristía.

Cuando baja la vida eucarística del cristiano, baja también el atractivo de los demás sacramentos: hay menos bautizos, menos confesiones, menos jóvenes quieren casarse y hay menos vocaciones al sacerdocio. En cambio,  cuando hay reverencia a la Eucaristía y se vive conscientemente de ella, los demás sacramentos florecen. Adoremos, pues, con fervor a Cristo. Mirémosle a Él y la forma en que Dios se acerca a nosotros pequeño y débil, en una frágil hostia de pan pero en la que está toda la grandeza de Dios. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es Cristo mismo, nuestra Pascua y el Pan de vida, que nos da vida por medio del Espíritu Santo. Seamos custodias preciosas que no se cansan de mostrar por todo el mundo que todo lleva a Cristo que sigue vivo y eternamente presente en el gran milagro de la Eucaristía.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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