LÍBRANOS DE LA CONDENACIÓN ETERNA
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LÍBRANOS DE LA CONDENACIÓN ETERNA

El Evangelio de Lucas, tal como lo vamos proclamando en la liturgia dominical, subraya con vigor la pobreza y sus implicaciones. El episodio de hoy con Lázaro y el rico es un ejemplo luminoso de ello. Algunos prefieren y aprovechan estas páginas evangélicas para alimentar un discurso de crítica política o social entre pobres y ricos pero nada más lejos de la intención de Cristo, al menos en primera instancia. Estamos ante una llamada a profundizar en el amor a Dios sobre todas las cosas y en el amor al prójimo como a nosotros mismos.

Muere el pobre y muere el rico. Pero la vida no termina con la muerte. La vida del hombre está en manos de Dios a quien hemos de dar cuentas. Si hemos puesto en Él nuestra confianza, no nos fallará; pero si la hemos entregado a las riquezas (por contraposición a Dios) sólo nos acompañarán hasta la sepultura, porque son de este mundo. Confiar la vida a Cristo implica la vida eterna. Por eso, cuando el pobre Lázaro muere, es llevado por los ángeles al seno de Abrahán, porque Abrahán es su padre en la fe. En cambio quien, en la gestión que hace de su vida y de los bienes que logra acumular, confía en sí mismo, se pierde. Por eso, el rico muere y es sepultado. Ha confiado en la tierra y ha sido cubierto por la tierra. Notemos que en la parábola no se dice  que el rico se ensañe con el pobre sino que tan sólo lo ignoraba. Ponía en práctica un lema que seguimos encontrando detrás de títulos académicos, debajo del lecho de matrimonios o como inspirador de mensajes publicitarios:   “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Lázaro sólo había saboreado desdichas pero le suponemos alguien lleno de piedad y confianza en Dios, librado de la seducción de las riquezas. No hay un cambio automático de destinos –fuiste rico pues ahora sufrirás, fuiste pobre pues ahora gozarás- esta revancha no es propia de Dios. Hay un fundamento de fe. Y por eso el Señor dispone que Lázaro sea llevado al seno de Abrahán, donde los justos participan anticipadamente de los gozos de la resurrección de los muertos.

La palabra de Jesús, el testimonio de los Santos, los buenos ejemplos de fe de muchos amigos y conocidos, tendrían que ser suficientes para que orientemos rectamente nuestra vida hacia la vida eterna. Esto va por aquellos que piensan, y dicen alegremente, que eso de la “condenación eterna” es un cuento infantil con final desagradable. A esos hay que responder: pues entonces Dios mismo es un cuento, porque si no damos fe a su Palabra tampoco creemos realmente en Él.

Esta parábola es una imagen elocuente de la situación de nuestro mundo: unos pocos acaparan la mayoría de los bienes de la humanidad y pasan de la suerte de millones de personas azotadas por mil necesidades. El que no tiene dinero, no existe. Para Jesús, el pobre existe con nombre propio: Lázaro, “Dios ayuda”. El rico solo tiene un mote: “vividor”. Mientras la insensibilidad de los poderosos se mantiene participaremos ahora del altar y de las bendiciones de Abrahán, el amigo de Dios. Aquí aprendemos a servirnos unos a otros y a crear un nuevo orden social. Y cuando llegue el instante de dejarlo todo, sentiremos la única pena de aquello que, por falta de tiempo, todavía no hemos hecho: compartir más con los hermanos y ofrecernos más a Dios.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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