¡CRISTO EN EL CORAZÓN DE TODOS!
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¡CRISTO EN EL CORAZÓN DE TODOS!

El libro de los Hechos nos habla de un ruido como de viento huracanado, de una voz que cada uno oía y de unas lenguas de fuego puestas sobre cada uno de los apóstoles. Ya, en el monte del Sinaí, se habían oído truenos y relámpagos y Yahvé descendió en fuego. A esa imagen de Israel al pie de la montaña, le corresponde hoy Pentecostés que es un nuevo Sinaí, una nueva alianza para forjar un nuevo pueblo de Dios. Hoy, con los dones del Espíritu Santo sus frutos y carismas, la Iglesia católica resplandece de luz. El Espíritu Santo es la “divina luz” que ilumina la conciencia, tantas veces oscurecida y deformada por el pecado. Dios es luz, claridad infinita; el pecado es tiniebla, oscuridad. Por eso, desde nuestra débil condición, el Espíritu lleva a cabo una obra delicada de sanación espiritual: sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indomable, guía al que tuerce el sendero. Para esto lo envió Jesús: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

El Espíritu Santo rehabilita nuestro ser filial, obra la reconciliación y devuelve la paz a la conciencia. Él es la fuente del mayor consuelo, el descanso de nuestro esfuerzo, la tregua en el duro trabajo, la brisa en horas de fuego, es el gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Esta es la silenciosa y potente obra del Espíritu Santo que nos deja siempre más admirados y deseosos de corresponder a tantas delicadezas sorprendentes que sostienen nuestra vida cristiana. Invoquemos, pues, y oremos al Espíritu Santo para no perder jamás el gusto de Dios, el sabor de las cosas divinas, para que no nos seduzcan alegrías y consuelos momentáneos, para aspirar cada vez más a los bienes del cielo. El Espíritu Santo viene en nuestra ayuda y nos defiende del materialismo que nos rodea, de la mentira social que nos hace pensar que lo tenemos todo, de la inmensa soledad que supone vivir sin aliento divino, sin vida en Cristo y sin la comunión que lo alimenta todo.

El día de Pentecostés es una llamada a gozar de la santa Iglesia, de su vida y su misión. Cuando el Espíritu Santo desciende de nuevo y llena la tierra, renueva la vida de Dios en las almas, renueva la solidez del amor divino que nos sacia cada dia, renueva nuestra vocación a servir y amar en el nombre del Señor, renueva nuestra capacidad de ser ofrenda viva, renueva la agilidad de la fe para permanecer fieles, renueva la unción que nos hace hijos, discípulos, apóstoles, siervos y amigos de Dios. El Espíritu no crea la confusión de Babel sino la dispersión para ser uno en la multiplicidad de las lenguas y ser uno en la diversidad de la geografía humana. No fue un castigo de Dios sino la estrategia divina para que aquellos hombres asustadizos alcanzaran todo su potencial. Pentecostés es pasar de la seguridad del cenáculo a la multiplicidad de lugares y de lenguas para que, en todos los pueblos y en toda habla, sea proclamado el Evangelio con la fuerza del Espíritu que sopla donde quiere. El don del Espíritu Santo hace así a la Iglesia en verdad universal, católica. Las razas y las diferencias son ya irrelevantes. Como si se rompiera un frasco de perfume, su olor se difunde por todas partes. ¡Es Cristo en los corazones de todos!

Mn. Pere Montagut, párroco.

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