FUERZA DE LO ALTO Y MIRADA AGRADECIDA.
CAT  ESP
FUERZA DE LO ALTO Y MIRADA AGRADECIDA.

Si la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor ante Pedro, Santiago y Juan fue algo impresionante, ¡cómo sería la Ascensión! Todos quedaron sobrecogidos ante la despedida del Señor. Tristeza y alegría se mezclan pues el Señor sube glorioso para sentarse a la derecha del Padre. Jesús sube refulgente, es el Sol de Justicia, hasta que una nube lo oculta. El impacto de este misterio fue tal, que aún después de haber desaparecido Jesús, los Apóstoles y discípulos seguían en éxtasis, mirando fijamente al Cielo. Dos ángeles interrumpen este éxtasis colectivo de amor, de nostalgia y de admiración al Señor. La presencia histórica de Jesús está a punto de finalizar. Los discípulos saben y aceptan que la Encarnación, su presencia corporal como la han experimentado durante un tiempo, termina. En la humanidad de Cristo nada va en contra de las leyes de la naturaleza. Pero eso no quita que los apóstoles deseen tener al Señor siempre en medio de ellos y más aún en esta etapa de consolidación de la comunidad. Jesús cuidó mucho la preparación para este momento, pero eso no fue suficiente para evitar la parálisis de la comunidad o incluso los nuevos brotes de temores o la tentación de cerrar las puertas por miedo a los judíos.

Entremos en la fiesta de la Ascensión con la fuerza de lo alto y la mirada agradecida. Es la hora de hablar bien de Dios: lo que Dios Padre ha hecho en el Hijo y la nueva familia marcada por el Espíritu que somos. El que sube al cielo, bajó del cielo y antes subió a la Cruz atrayendo a todos. El que asciende es el que se ha humillado. Pero los apóstoles todavía no tenían fuerzas, todavía no tenían coraje, todavía no habían entendido bien. Necesitan que el Espíritu Santo fecunde sus cabezas, sus mentes, sus inteligencias y los haga hombres nuevos; por eso sucederá Pentecostés. Dios es ascensión continuada, aunque nunca se aleja de nosotros. Mientras deseemos subir estamos subiendo. Dios es una meta cada vez más alta. No se eleva sobre la vida sino que eleva la vida. Jesús bajó para hacernos subir. Su Padre atrae desde arriba, Él empuja desde abajo. Una de las palabras que más le hemos escuchado es: “levántate”. Por ello nos invita hoy a mirar con un ojo puesto en el cielo (para llenar de sentido lo que somos y hacemos) mientras que con el otro miramos la realidad para hacer nuestra historia sea más divina y, por tanto, más humana.

Este momento trascendental de la historia de la salvación, que forma parte de la glorificación de la humanidad de Cristo y, por tanto, de su triunfo, se cumple en medio de nosotros por la celebración de la Eucaristía y los signos sacramentales. La alegría que embarga a los discípulos al regresar a Jerusalén está llena de fe. Jesús les dice que permanecerá con ellos para siempre, guiándolos en la misión e intercediendo por ellos. También nosotros, como hicieron los apóstoles reunidos con María, la Madre del Señor, oremos durante esta semana para que la venida del Espíritu en Pentecostés nos transforme en verdaderos testigos de la esperanza que Cristo nos abrió con su resurrección y que hoy ha culminado en su ascensión a los cielos. Un día comprenderemos enteramente que mereció la pena ser de los suyos, que ha sido una alegría permanecer firmes en sus caminos, satisfechos de haber guardando su Nombre y su memoria.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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