LA SEÑAL MÁS HUMILDE
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LA SEÑAL MÁS HUMILDE

Aquello de “amar al prójimo como a sí mismo” quedó como un primer paso del Antiguo Testamento en el plan de Dios. Pero ahora lo que hay que imitar ya no es a uno mismo sino a Jesucristo: “amaos como YO os he amado”. El apostolado de Pablo y Bernabé empieza a ser una muestra de ello. Han evangelizado por distintos lugares, han organizado la Iglesia y regresan a su comunidad y, al llegar, cuentan lo que Dios ha hecho por medio de ellos y cómo ha abierto a los gentiles la puerta de la fe. La evangelización es la forma eminente de amar la humanidad como Jesús quiere hacerlo. Comparten juntos lo que se ha hecho en el apostolado, respaldados por el amor y la oración de unos con otros. Hemos de reconocer que nos falta esta vitalidad. Si lo hiciéramos entre nosotros fortaleceríamos más la comunión y la esperanza en tiempos difíciles.

Jesús deseaba que los que no perteneciesen a la comunidad nos conociesen por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción. Amar como él nos había amado. Así los que no son cristianos pueden descubrir en la comunidad cristiana la semilla de un nuevo mundo. Sólo Dios es capaz de dar vida al amor fraterno. Cuando nos vean amar en la verdad, en el martirio, contra corriente, amar al no nacido, amar desde el vínculo indisoluble del matrimonio, amar en las ofensas, amar el desprendimiento, amar la pobreza, amar el perder la vida, amar el cielo, amar en el dolor… entonces necesariamente han de pensar que Dios está presente porque por nuestras solas fuerzas no podemos amar de esa manera.

En el Apocalipsis se nos describe la consumación del mundo como el encuentro amoroso entre la esposa y el esposo: es la unión definitiva, en el amor, de la Iglesia con Jesucristo. El amor es lo que hará posible el cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva creación. Es mediante el amor que Dios ha hecho nuevas todas las cosas en Cristo. La Iglesia, viva y fiel, se convierte en la morada de Dios con los hombres, lugar del encuentro de los hermanos entre ellos y con Dios.

Si quitamos a Jesucristo no sabemos qué es el amor; y si no descubrimos el amor que Él nos tiene y no lo correspondemos no solo perdemos el camino sino que experimentamos la perdición. Por eso termina el Apocalipsis diciendo que “el que estaba sentado en el trono dijo: Todo lo hago nuevo”. Es el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, el que hace nuevas diariamente todas las cosas en su Iglesia. Muchos creerán en lo que creemos y les decimos, si somos capaces de contagiar el mismo amor de Dios, con las palabras de Dios, con la cercanía de Dios, con el corazón de Dios, porque Dios es contagioso, no hay ningún signo tan convincente como su amor. ¿Estamos convencidos de ello? Sólo el amor a Dios explica el afán de los primeros cristianos y de los misioneros de todos los tiempos en amar a conocidos y desconocidos, a violentos y pacíficos, a agradecidos y desagradecidos, amando aún sin ser amado. ¡Gracias Señor por este mandamiento nuevo, esta alianza nueva, esta creación nueva!

Mn. Pere Montagut, párroco.

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