¡ALEGRÉMONOS!
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¡ALEGRÉMONOS!

Como hijos de Dios dispersos por el mundo somos dichosos porque hemos creído sin haber visto, porque hemos aceptado el testimonio de la Iglesia. Las dos apariciones del Resucitado suceden el domingo que desde entonces pasa de ser “día del sol” a “día del Señor”. Así como el grupo de los discípulos estaba reunido también hoy seguimos formando la asamblea eucarística, cada domingo, para celebrar al Resucitado como misterio de fe según el encargo de Cristo en la última cena: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Es la memoria no de un recuerdo de algo que pasó sino la actualidad de algo que sigue presente.

Los Hechos de los Apóstoles nos presenta a los primeros cristianos formando una verdadera comunidad. Humanamente es difícil sentir y entender a la Iglesia como una comunidad cuando muchas veces asistimos únicamente a la misa dominical entre una mayoría de asistentes que son unos verdaderos desconocidos para nosotros. El mismo Tomás vemos que estaba ausente del grupo y luego no creyó en el testimonio que le dieron sobre la resurrección. El pensamiento actual contiene una dosis fuerte de individualismo que perjudica la unidad de las familias, la perseverancia de los matrimonios y debilita las relaciones de amistad. Hoy está de moda el “transfuguismo” el cual nos viene del mundo político cuando unos pasan sin más de un partido a otro abandonando los principios y valores de su partido de pertenencia cuando no encontraron ahí una oferta más gratificante a nivel personal. Esta es una expresión clara de la provisionalidad y de la debilidad de las convicciones. La perseverancia pascual, en cambio, nos llama a no dejarnos llevar por la corriente de lo que se piensa, de lo que se dice, de lo que se hace. Es tiempo de definirse: vivimos en Cristo o vivimos como muertos; creemos en el Resucitado o creemos en cualquier cosa.

Los discípulos se alegraron de ver al Señor (Jn 20, 20). ¡Se alegraron! Esta palabra es sencilla y a la vez profunda. No habla directamente de la profundidad y potencia de la alegría de los testigos del Resucitado pero nos permite intuirla. Si la muerte del Hijo de Dios les dejó miedosos, ahora la alegría del encuentro con el Resucitado se imponía y debía ser mayor que el temor. Esta alegría era mayor porque humanamente era más difícil de aceptar. Y cuán difícil debió ser lo atestigua el comportamiento de Tomás que “no estaba con ellos cuando vino Jesús” (Jn 20, 24).

También es la alegría pascual de la Iglesia. Una alegría que tiene su comienzo en la tumba vacía y en los corazones de esos hombres sencillos que “la tarde de ese mismo día, el primero después del sábado” ven al Resucitado y escuchan de sus labios el saludo: “¡La paz esté con vosotros!”. La fiesta de este segundo Domingo de Pascua, indicada por Cristo en las revelaciones a Santa Faustina Kovalska, nos abre los ojos de cuán cerca de nosotros está la Divina Misericordia que invocamos con la jaculatoria revelada: “Jesús, confío en Ti”. Para que no haya entre nosotros angustia ni miedos y puesto que estamos hartos de ideologías y divisiones y sedientos de paz social, pensemos en la Divina Misericordia que restaura, que une, que sana y nos anima a la reparación. Repitamos con frecuencia, sobre todo cuando todo parezca decir lo contrario: “Jesús, confío en Ti”.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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