HOY DOMINGO DE RESURRECCIÓN
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HOY DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hoy, Domingo de Resurrección, será ya para siempre el primer día de la semana cristiana. Reconocemos este día con toda su profundidad tal y como lo han hecho los Santos: que la pasión de Cristo, que comenzó en la agonía, no acaba con la muerte. Ni unas lágrimas de desesperación ni aquel beso de traición han podido acabar con la historia de salvación y con este día glorioso en el que actuó el Señor.

En la vigilia pascual, poco a poco se iluminó la noche. Primero con la luz solitaria del cirio pascual que, como si fuera la proa de la humilde barca de la Iglesia, se adentraba en la espesura de una tremenda oscuridad. Y ante la llamada a dar gracias por la luz de Cristo, compartimos más y más esta bendición nacida de un fuego vivo y amoroso. Nuestro templo, como un sepulcro que oscurece la vida, a través de unas brasas bendecidas fue disipando el reino de la muerte que acompaña siempre la tragedia humana. El cirio pascual iba abriéndose paso, grabadas en él las señales de la pasión, las heridas que nos curaban y su Corazón llameante de amor resucitado como un regalo inmerecido con el que Dios sostiene, alegra y protege nuestros días.

Hoy es el día en que confesamos que, a pesar de nuestras limitaciones e inseguridades, creemos que ¡Cristo ha resucitado! Creemos que la Pascua es la última y definitiva intervención de Dios en la historia para todos y en todo lugar, el acontecimiento más esperado y sorprendente. Creemos que después de habernos salvado de la nada, de la esclavitud, del exilio, Dios nos ha salvado del último enemigo que es la muerte, es decir, del pecado. Nosotros creemos, y hoy anunciamos, que la muerte es el espacio de la vida en el que Dios no está, donde el hombre vive sin relación con Él. Hoy sabemos que el verdadero fracaso de la vida no es tanto cuando nos falta lo que amamos, no es tanto cuando experimentamos el cansancio y el dolor sino que el fracaso verdadero es cuando nos falta el Señor, cuando estamos solos sin Él. La muerte nos mata cuando no aceptamos la paternidad de Dios, cuando Él no puede ser la fuente de la Vida. Si no somos capaces de dar a Dios lo que le corresponde, morimos.

Queridos hermanos, no permitamos que nuestra vida se convierta finalmente en una tumba. Muchas personas han hecho de la vida un sepulcro cerrado. Una vida cerrada es una vida banal. Por el santo Bautismo se abrió la piedra pesada y salimos para aprender a ver al Señor en todas las cosas, en la humanidad por Él redimida y en el mundo que Él sostiene. María Magdalena dio a los apóstoles la noticia más bella que nunca la humanidad haya escuchado: la certeza de que si morimos es para resucitar. El mensaje pascual y gozoso de la Iglesia es el signo más claro de que Cristo ha resucitado. La Iglesia lo anuncia a pesar de los pecados de sus hijos, a pesar de los pecados del mundo y de las dificultades que este mensaje encuentra al no coincidir con lo que muchos quisieran escuchar de parte de Dios. Es un mensaje que pide la fe en Cristo, Cabeza viviente de la Iglesia, que nos envía a proclamar con autoridad sus palabras que no pasan. Hoy, a todos nosotros, en la persona del discípulo amado, nos basta con ver y creer. ¡Nuestro futuro es la resurrección! ¡Aleluya!

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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