LA LOCURA DE DIOS TRIUNFA
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LA LOCURA DE DIOS TRIUNFA

Desde el monte llamado de los Olivos, Cristo se acerca a Jerusalén junto con sus discípulos, la semana antes de Pascua, montado en un borrico. Este momento, que no tenía nada de extraordinario, se convierte en una verdadera entrada solemne en la Ciudad Santa. Hoy, con nuestros ramos, palmas y palmones, acabamos de reproducir las mismas palabras que aquellas gentes pronunciaron: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38). En Jesús se cumplen las profecías. Le seguían los más cercanos, los Doce y una muchedumbre que lo aclama como Rey. Estos cánticos de reconocimiento llenan de inquietud a los miembros del Sanedrín que buscan el modo de preparar el camino hacia su muerte. Jesús sabe que la Escritura se está cumpliendo y por ello no se hecha atrás. Su rostro recibe injurias y esputos, sus manos y pies serán taladrados, su ropa sorteada… Pero en lo más hondo hay una profunda unión llena de amor: entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo dispuesto a culminar la redención. En este beso interior, la naturaleza divina de Jesús se despoja de sí mismo y toma la condición de siervo. Exteriormente será rechazado, condenado y crucificado pero interiormente rubrica su misión como Mesías diciendo “todo está cumplido” y entregando su espíritu en manos del Padre. Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, la que se realiza dentro de su alma y esa es la entrada que nosotros no podemos esquivar.

Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19, 39-40). Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que las piedras. Acerquémonos a la novedad de Dios: un asno sobre el que nadie había montado, un sepulcro en el que nadie había sido sepultado. Como también la Virgen María, su Madre, era una mujer sin estrenar. Todo lo que toca Jesús se reviste de novedad: su nacimiento, su investidura como rey y su sepultura. En el Cenáculo, Jesús ofrece el cáliz de la Alianza a quien, como Judas, lo traiciona, a quien como Pedro le falla en el momento de la fidelidad. En el Calvario, Jesús muere perdonando a quienes no saben lo que hacen. Y es que la Alianza de Jesús es definitiva, ya no tiene vuelta atrás... Jesús asume el drama de su Pasión ante su Padre a quien le confía su vida, su espíritu, sus penas, su ser. En Getsemaní nos invita a orar para resistir en la prueba. Escuchamos de Él, de su Corazón, una oración siempre atada a su Padre del que todo lo espera. Su abandono es filial, es la del pequeño que sabe en quien confía: "En tus manos encomiendo mi espíritu". Jesús sabe que Satanás no va a dejar en paz a los suyos. Si no puede vencer al Hijo de Dios, irá a por sus discípulos. Por eso, Satanás ataca a Judas y cae, ataca a Pedro y cae, ataca a los Doce y se dispersan. Pero también los hay que se enfrentarán a la oscuridad, aunque de lejos, y seguirán fieles a Jesús.

También Satanás actuará a través de los enemigos de Jesús, de las autoridades de Israel, de Herodes y de todos los que se burlan del condenado. Pero junto a esta falta de amor el relato de la Pasión nos ofrece preciosos rasgos de la humanidad divina de Jesús. Comprende la debilidad de Pedro y, fijando su mirada en él, le anuncia una restauración tras su negación. Cura al siervo del sumo sacerdote tocándole con la mano; consuela a las mujeres de Jerusalén que lloran y se lamentan por él; acoge en el Paraíso al ladrón arrepentido... Y la misma sepultura de Jesús parece que oculta una sorpresa. Las mujeres, que siguieron a Jesús y quedaron afectadas por todo lo sucedido, presienten que algo va a ocurrir detrás de la piedra que cierra el sepulcro. Parece como si cada instante de la Pasión supiera que después irrumpirá la luz. Es lo que el descanso del sábado espera. Finalmente, fijémonos como San Lucas nos presenta la dignidad del sufrimiento si sabemos mirar hasta donde ha llegado la encarnación de Dios. Nuestros ramos proclaman hoy la verdadera realeza de Cristo que nos enseña cada día a asumir las tragedias de la existencia sin perder la serenidad. Sabemos que, sostenidos como estamos por Dios, autor de la Vida, tenemos la certeza de que siempre encontraremos en la comunión con Él la superación y un triunfo que no está en nuestras manos.

 

 Mn. Pere Montagut, párroco.

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