LA NOVEDAD DEL PERDÓN DE DIOS
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LA NOVEDAD DEL PERDÓN DE DIOS

“Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,16). Esta novedad prometida por Dios la lleva a cabo el mismo Cristo. En medio del desierto de este mundo y de nuestra vida Cristo hace algo nuevo. En la noche de la Vigilia Pascual, culminación del Triduo Pascual, Dios abrirá de nuevo para su Iglesia la fuente del agua que da vida. El Bautismo, que nace en la Pascua, es el agua que transforma, que purifica, que borra nuestro pecado y nos llena de vida eterna.

Jesús perdona a la mujer del Evangelio pero le pide que, en adelante, no peque más. Solamente el perdón de Dios da las fuerzas para no pecar más. Solamente Dios puede humanamente cambiarnos, porque solamente él puede perdonar el pecado, raíz de todos los males. Qué bien lo expresa S. Pablo, perseguidor de Jesús antes de su conversión. El encuentro con Cristo resucitado trastoca toda su existencia. A partir de ese momento todo lo que para él era importante, absolutamente todo, lo considerará basura comparado con el conocimiento de Cristo resucitado. Y esta es la historia de tantos hombres y mujeres que tras su vida de pecado se han dejado atraer por la misericordia de Jesucristo. Toda historia humana, por negativa o imposible que parezca, puede ser transformada por la gracia de Dios. Y  nosotros somos testigos de esta historia. Aunque somos parte de una sociedad que pretende negar la realidad del pecado, el pecado está ahí y las consecuencias las estamos sufriendo y, al final, el pecado nos destruye. 

Cristo quiere quitar el pecado con la colaboración del pecador, nos corrige perdonando, no castigando. La conversión es posible; es posible que la adultera se convierta y cambie; es posible también que los "condenadores" se conviertan y cambien. Y es posible porque Jesús ha venido a reconstruir vidas, no a destruirlas; porque la cercanía del amor de Dios, que cura y sana, es más fuerte que la ignorancia del propio pecado.

Jesús, curando nuestras heridas, buscando a los que estábamos perdidos, no se dispone a condenar. Nos ofrece el perdón de Dios. No es que el Señor pase por alto la gravedad y la injusticia del pecado. Si nuestros pecados fuesen cosa de poca importancia, ¿hubiera entregado Dios a su propio Hijo a la muerte por nosotros, por nuestros pecados? La cruz de Cristo grita bien alto que para Dios nuestros pecados son algo importante, no por él, que a él no le alcanzan nuestros pecados, sino por nosotros, porque el pecado nos hiere, nos perjudica gravemente a nosotros, sus criaturas, sus hijos.

¡Que gracia más grande es para la Iglesia esta Palabra! Estamos a una semana de Ramos y tenemos la invitación de acercarnos a Dios en el sacramento de Reconciliación y aceptar no solamente el perdón de Dios, sino la liberación de nuestra culpa. Tenemos a Jesús, que en el Evangelio se revela con corazón benévolo y acogedor hasta la exageración. Jesús, como Dios, sabía que la mujer podía ser una criatura nueva. Creyó en la mujer para cambiar su vida. No le hizo una pregunta indiscreta, ni le reprendió por su culpa. Vio en ella una hija que, ante Él, ya estaba volviendo a la vida. Una vez más, la santa Iglesia nos urge a aceptar a Cristo Jesús que nos da la libertad. No tengamos miedos. Jesús, al que conocemos y amamos, será Él mismo quien nos espere en la confesión.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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