LA BATALLA ESPIRITUAL DIARIA
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LA BATALLA ESPIRITUAL DIARIA

Los males y las tragedias afectan no sólo a los malos sino también a los buenos, tanto a culpables como a inocentes. Jesús aprovecha unos acontecimientos que tienen que ver con la crueldad de un gobernante sin escrúpulos y un simple accidente arquitectónico para ponernos en camino de arrepentimiento. El juicio de todo lo que pasa, la respuesta al “por qué”, sólo pertenece a Dios. Dejemos a Dios ser Dios, dejemos hacer justicia a Dios. Jesús mira el corazón y nos dice: “si no cambiáis…”. A Jesús le duele nuestra pereza, que dejemos todo para después, para más tarde, o para nunca como imagen de la higuera de la parábola que no da frutos.

Jesús no nos pide que demos frutos extraños a nuestras capacidades o que demos más frutos que los demás. Tan solo nos pide que demos de lo que Él mismo nos da cada día. A los que le preguntan les hace ver que la muerte violenta de aquellos galileos no obedece a un castigo divino por sus pecados. Pero también que si no nos convertimos de nuestros pecados correremos la misma suerte. Moriremos, no físicamente, sino de una muerte peor, la muerte eterna, a causa de la consolidación definitiva de una vida de pecado. Cuando nos sorprenden sucesos trágicos, lo primero no es preguntarnos dónde está Dios, sino dónde estamos nosotros. La pregunta que nos pone en camino de conversión no es "¿por qué permite Dios esta horrible desgracia?", sino "¿qué estamos dispuestos a hacer ante ello?”.

Al Cristo crucificado no lo veremos pidiéndole cuentas a un Dios lejano sino que se entrega al Padre con amor fiel y redención generosa. A Jesús, desde la cruz, no lo veremos protestando de que Dios no actúe o negando su existencia, sino que se ofrece al Padre como víctima por los pecados del mundo. Si miramos al crucificado intuiremos, entre luces y sombras, que Dios está en el sufriente, enjugando sus lágrimas y sanando su dolor; que está venciendo todo mal y enseñándonos a combatirlo bien. Dios no piensa en castigos. Nos dice, con la parábola de la higuera, que es paciente, que es compasivo y misericordioso como hemos orado con el salmo. Su paciencia está a la espera de recibir nuestros frutos de conversión, una conversión que abarca tanto el modo de pensar como el de actuar.

Dios no está en su cielo desentendido de nosotros y en sus cosas. Al contrario, es el Dios liberador que dice en Éxodo: "He visto, oído, conozco, iré para liberarlos". Pidamos la gracia de que el Señor nos haga comprender mejor quién es Él para que, comprendiéndole mejor, nos podamos parecer cada vez más a Él: sin condenar, sin castigar, estando cercanos a las necesidades de los demás para liberarlos. Son muchos los que no ven que ofenden a Dios con sus sospechas, acusaciones y orgullos. Son muchos los que por no esperar ninguna vida eterna viven ya una vida de pena. Son muchos los que piensan que basta con hacer el bien y que eso les ahorra de  limpiar la podredumbre que tienen por dentro. Lo que está en juego es nuestro ser o no ser, nuestra dicha o nuestra desgracia. Lo que les sucedió a aquellos galileos sacrificados por Pilato o a los que murieron aplastados por la torre de Siloé no fue nada comparado con la suerte que espera a los pecadores. Estamos, pues, en una batalla espiritual diaria. Sin angustias pero también sin dejar para otro año lo que sé que está a mi alcance hoy.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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