NO OLVIDAREMOS SU ROSTRO LUMINOSO
CAT  ESP
NO OLVIDAREMOS SU ROSTRO LUMINOSO

La oración, el sufrimiento y la cruz forman parte del mismo camino que san Lucas propone para llegar a la gloria. Y una pieza clave de este camino es permanecer a la escucha de la palabra de Jesús. La única palabra que puede configurar tanto nuestro modo de pensar como de obrar. Al aceptar sus enseñanzas y al retener con afecto sus movimientos interiores divinizamos cada vez más la vida. Porque este es el objetivo de toda unión con Cristo: llegar a ser una alabanza viva suya, estar en las cosas del Padre, conseguir que las ocupaciones cotidianas y materiales no sean un estorbo para avanzar y entender más nuestra vocación divina. La condición para seguir en verdad a Jesús es la cruz y todo lo que ella contiene y nos descubre. Pero hay una falsa noticia no para de sembrar dudas: profesar la fe es relativamente fácil pero vivirla es muy difícil. Y así nos conformamos para no progresar.

Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de la manifestación de la Gloria de Jesús que se consumará con su muerte en Jerusalén. Estos tres testigos viven como un anticipo del triunfo de Dios. El rostro del “Hijo escogido” se llena de luz brillante y de este modo les dice que, gracias a su entrega generosa en la cruz, esa luz ya no tendrá ocaso. Lo que se insinúa en el Tabor, se consumará y será definitivo en la mañana del primer domingo. En realidad, la vida se manifiesta cuando se sigue a Cristo por el camino estrecho. Por eso, en cualquier circunstancia, cuando aparecen signos de contradicción, de sufrimiento o de muerte no es el momento de disimular nada, de huir como escape o de desesperar. Es el momento de abrazar una oportunidad de dar a la vida su hondura divina mirando, escuchando, imitando y siguiendo a Jesús. En cambio, quien sigue el camino ancho y cómodo confunde lo que es “vida” con las satisfacciones efímeras y será incapaz de descubrir la razón última de nuestro existir tal y como nos ha sido dada. Cuando Pedro, sobre el Monte Tabor, propone quedarse en lo agradable de la vida del espíritu, quedarse gozando del consuelo espiritual, Dios mismo interviene y le responde diciéndole que escuche y siga las enseñanzas de su amado Hijo.

¿Qué nos dice todo esto? Pues que cuando hay consolaciones y gustos espirituales, si es que los hay así sensibles como en la Transfiguración, son gracias especiales para animarnos, para fortalecernos, para impulsarnos a la entrega a Dios y a su servicio. A Abraham Dios le prometió una tierra y en la alianza que estableció con él aparecen animales como víctimas. Pero, posteriormente, Dios hace una Nueva Alianza, en la que Cristo es la Víctima. Por su sacrificio en la Cruz todo el género humano tiene derecho a una patria que es mucho mejor que la antigua tierra prometida: el Cielo, el gozo de la visión beatífica, cuando seremos transfigurados por la resurrección que Cristo prometió a los que le amen. Cuando el cuerpo mortal se una con nuestra alma inmortal Dios nos transformará, nos glorificará con su gloria, nos iluminará con su luz infinita. Con esta promesa bautismal ahora somos testigos de su gloria en la cima del monte de este mundo que es la Eucaristía. Le podremos reconocer atado y golpeado pero ya no olvidaremos la seguridad que nos dio su compañía luminosa.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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