LO QUE SE TIENE EN EL CORAZÓN
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LO QUE SE TIENE EN EL CORAZÓN

Las palabras, hoy más que nunca, nos traicionan. Y de palabras estamos saturados. En la acción política, en los análisis económicos, en el seno de las familias, en la misma vida de la Iglesia o de las comunidades cuesta encontrar un espacio sereno de verdad, hay cosas de las que no podemos hablar por no una tensión añadida. La circulación de palabras que se las lleva el viento por fútiles y vacías parece imparable. Cuantas opiniones sin fundamento, tantas ideologías que copan el corazón hasta anular cualquier otra instancia, ríos de noticias sobre una realidad desproporcionada, peor aún, manipulada y convertida en arma arrojadiza. Si la palabra revela el corazón, si la conversación nos pone a prueba… es inevitable que se sepan nuestras prioridades vitales, a quién adoramos, el dictado que seguimos y hasta dónde estamos dispuestos a ceder. No debemos maravillarnos, por lo tanto, que la palabra no enriquezca la convivencia humana; podemos hablar la misma lengua sin dialogar y sin comprendernos desde una inmensa torre de Babel, porque hemos despedazado la unidad que ha de existir entre la palabra y el corazón.

La ceguera y la hipocresía de la que nos advierte el Señor se manifiestan cuando presumimos de una vida privada que quizá no tenga nada que ver con la que se lleva como profesional, político, religioso, marido o trabajador. Estamos decididos a alabar la bondad y a condenar la maldad pero sin importarnos para nada la explicación última de los frutos buenos o malos que producimos según lo que haya en el corazón. Una vez más nos anima hoy el Señor a la forja del corazón, tan importante para vivir y actuar. El corazón es el motor de la vida espiritual y ha de mantenerse siempre sano, en sintonía y unión con la voluntad de Dios y en solidaridad de amor para con nuestros semejantes. El que es bueno, de la bondad que atesora su corazón saca el bien. En cambio, los hombres sin remedio son aquellos que ya no prestan atención a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poder excusarse a sí mismos, están siempre dispuestos a buscar una acusación para los demás. 

Lo que somos ante Dios y ante los demás lo demuestran las obras que hacemos: “cada árbol se conoce por su fruto”. Lo más corriente es pararnos en los defectos de los demás, señalarlos con el dedo y airearlos con la boca. Lo difícil es examinarse uno mismo confesando el propio pecado; para los fallos de los demás tenemos buena vista, pero para los propios nos disculpamos con rapidez desde una ceguera interesada. Nos colocamos por encima del Maestro criticando al prójimo y, si llega el caso, decirle cómo tiene que comportarse. Pero si queremos ser tan solo discípulos de la Palabra de Cristo, si le miramos a Él… tendremos la partitura, tendremos las notas del Evangelio y entonces podremos ser guías que ven claro, guías que se sacrifican por sus hijos, por sus alumnos, por su trabajo o sus feligreses… guías que no tiran la toalla y hacen el camino hasta el final. El discípulo de Jesús se reconoce por sus obras como un sello de sus palabras. Las obras son las que dicen si uno cree o no, si uno ama o no, si uno espera o no.. De este modo, la boca hablará ya, por fin, unida al corazón.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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