PARA VENCER LA ENEMISTAD
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PARA VENCER LA ENEMISTAD

La Palabra de este domingo nos enseña a superar la enemistad desarmando al enemigo desde la bondad. Para sentirse hermanos, hay que sentirse primero hijos. Pero la experiencia humana, ya tenga más de terrenal o de celestial, pasa habitualmente por identificar al enemigo para no ofrecerle ni agua; ante el que pide prestado nos prevenimos pidiendo avales, o al sufrir el robo nos defendemos con la denuncia. Es el comportamiento más común que vemos en Abisaí cuando incita a David a dar muerte a su enemigo Saúl.  Si el amor fraterno, la aceptación del prójimo no es nada fácil… si amar con caridad o vivir en paz con los que nos rodean habitualmente nos cuesta sudor y lágrimas… no nos extrañe que nos cueste querer el bien de los enemigos. Por otra parte, estas palabras de Jesús han suscitado actualizaciones simplonas como: “al que te robe el móvil, dale también el reloj”; “al que intenta robarte, no le reclames nada” y otras… Pero si entramos en el fondo de la página evangélica nos daremos cuenta de que el que ama, comprende y por eso el que comprende, perdona.

Jesús nos da una regla clara ante las ofensas: tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Es una norma de ética natural, el bien que queremos para nosotros, lo debemos querer para los demás; el mal que no queremos para nosotros, debemos evitarlo a los otros. A la hora de poner en práctica esta Palabra lo decisivo es mirar al mismo Señor y el espíritu que lo mueve. Poner la otra mejilla no estará en contradicción con la escena en la que el mismo Jesús, abofeteado por el soldado, se defiende y le pregunta: si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado, pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas? (Jn 18,23). Hacer el bien a los que nos aman es algo que hacen también los pecadores. Si nosotros queremos que los demás nos traten bien, que nos perdonen y comprendan, lo mismo hemos de desear y hacer con los demás. Todos queremos que las personas nos traten bien, una manera de lograrlo es que nosotros tratemos bien a los demás. Si nos adelantamos a hacer el bien, es probable que los demás en lugar de hacernos mal, nos devuelvan el bien. Perdonar las ofensas no sólo sucede entre cristianos. Hemos visto un perdón heroico en víctimas del terrorismo y, en otras religiones, se anima a no dejarse encadenar por el odio y abrirse al perdón. 

Pero el perdón de este Evangelio no habrá llegado al final o será insuficiente si no se completa con la plenitud del perdón del único que puede quitar el pecado del mundo: Cristo Jesús. Nos falta poner la vida de los que nos han herido en manos de Dios. Es una prueba de humildad y de compasión que sólo pueden realizar los corazones de las personas que se han dejado tocar por el amor misericordioso de Dios Padre. Muchos procesos de reconciliación no llegan a buen puerto o tienen un camino demasiado accidentado porque confiamos únicamente en nuestras capacidades de perdonar y sanar heridas. En medio de la lógica del materialismo, la intercesión de Dios, a través de la oración y la celebración de la fe, es el clima propicio para la reconciliación, el perdón y la paz. De nuestra conducta depende la que adopte Dios con nosotros. Para merecer un día la “recompensa abundante” bendigamos ahora generosamente sus beneficios.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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