DIOS LLAMA
CAT  ESP
DIOS LLAMA

Dios llama, en cualquier época, a cualquier edad, en el templo y en el mar, incluso en situaciones en las que la persona llamada anda lejos de Dios. La vocación no es un derecho, es un don que Dios da a quien quiere, sin merecerlo y por los motivos que sólo Él conoce. La liturgia de la Palabra nos ha expuesto hoy tres experiencias distintas de vocación: la del profeta Isaías, la de Pablo y la de Simón Pedro. En todos ellos, Dios es el que da el primer paso y la reacción del llamado es sentir, antes que nada, el peso de la propia indignidad.

¿No decimos nosotros siempre, antes de la santa comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”? Pero Pedro, añadirá, “apártate de mí, que soy hombre pecador”. San Pablo, movido por el mismo sentimiento, escribirá: “No soy digno de ser llamado Apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios”. Y también Isaías pone por delante su impureza, la de unos labios indignos de pronunciar las palabras del Señor. Este profundo sentido de debilidad personal es lo que permitirá que Dios mismo actúe de forma eficaz. Y todos serán enviados.

Cristo dice a Pedro: “En adelante serás pescador de hombres”. Esta pesca misteriosa corresponde a la misión incesante de la Iglesia, de cada comunidad y de cada cristiano. Llevar a hombres y mujeres concretos, con su fe o sus dudas, llevarles a la luz de la fe y a la fuente del amor. Mostrarles, además, el Reino de Dios destinado a sanar el corazón y a regir la historia de la humanidad. Reunir a todos en esa unidad, cuyo centro es Cristo, esta es la misión de la Iglesia. Si nos fijamos en el texto evangélico sólo la barca de Pedro consigue una gran redada de peces. Hay una profunda enseñanza en todo esto. Cristo ha querido confiar a Pedro la tutela de su Evangelio, para que se conserve en su integridad y en toda su verdad a lo largo de los siglos. Hoy, el sucesor de Pedro, sigue anunciando el Evangelio de Jesucristo y es el garante de la palabra de la verdad que Jesús confió a su Iglesia. Jesús nos sigue hablando desde la barca de Pedro, desde la Iglesia. Tengámoslo presente cuando vengan otros, llamando a nuestras puertas, utilizando el nombre de Jesús y desvinculados de la Iglesia del apóstol Pedro.

La apatía y la comodidad no sirven para la misión. Nuestras limitaciones y defectos no pueden ser una disculpa para no aceptar la misión que Dios nos confia. Si Dios nos pide un servicio, también nos da la fuerza para cumplirlo. Nada se lleva a cabo por nuestros méritos, sino por su bondad y su voluntad salvadora. Jesús nos quiere ver a su lado, pero no para ser vistos por los hombres, sino para agradarle a Él y para enseñarnos a trabajar para que muchos se salven. Confiados en el poder de Dios, los apóstoles cristianizaron al mundo de su tiempo plagado de costumbres degradantes. Tengamos, pues, optimismo en medio del océano del mundo. A pesar de la ideología de género, de una sociedad abortista, de la destrucción familiar, de la droga institucional para que nadie piense en Dios, a pesar de los sembradores de tantas violencias sociales y de leyes injustas… siempre encontraremos los medios oportunos: una gracia capaz de superar todos los obstáculos. “Aquí nos tienes, Señor, mándanos”.

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete