¡NO TE ALEJES SEÑOR!
CAT  ESP
¡NO TE ALEJES SEÑOR!

Hoy todas las manos parecen caer sobre Jesús. En cambio, en la sinagoga se nos decía que todos los ojos estaban puestos en Él. Pero ahora, al contrario, están para empujarlo y despeñarlo. Las variadas situaciones de la vida nos llevan a esta realidad: tan pronto te aplauden como te critican. Pero como profetas que somos por el bautismo hemos de saber que no se trata de querer ser elogiados ni de proponerse ser odiosos. Es sentirse tan en las manos de Dios que la ocupación y la preocupación de nuestro apostolado sea cumplir su voluntad. Lo demás queda en segundo plano. El profeta se agarra a Dios y no se entretiene en sus cosas. Si por el contrario preferimos que la sociedad, el mundo, los que nos rodean pongan los ojos en nosotros, entonces seremos irrelevantes. Por ello la Iglesia, a imagen de su maestro, sigue siendo empujada por la ladera a través de ideologías sectarias y por tantos medios de acoso y derribo.

Si Jesús fue despreciado entre los suyos y no reconocido, por qué razón su Iglesia ha de ser comprendida y premiada? La sociedad elogia los profetas que ella misma fabrica, que resultan cómodos y que tan solo son como una conciencia respetada pero sin capacidad de cambiar nada. Recibir al profeta como enviado de Dios es todo lo contrario. Pone por delante el pensamiento de Dios y actúa conforme a Él. La Iglesia, como pueblo profético, no renuncia a lo que es vital en ella ni puede traicionar la fe que profesa para subir unos puntos en las encuestas más o menos favorables.

El mensaje eterno de la vida cristiana siempre contrastará con las ideas dominantes de cada tiempo que no necesitan salvación ni salvador. “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”.  Palabras de Jesús que rezuman tristeza y desánimo. El Hijo de Dios hecho hombre para llevar a los hombres a la amistad con Dios, ha de enfrentarse con la indiferencia y la oposición de aquellos mismos a los que quería salvar. La actitud de sus contemporáneos no le echa atrás sino que le estimula a mantenerse fiel a la misión que el Padre le ha encomendado y lo hará hasta decir desde la cruz: “Todo está cumplido”. Este es el amor que no pasa. Ni el don de profecía, nos dice san Pablo, ni todos los secretos y todo el saber; ni una fe capaz de mover montañas sirven sin esta fuente de amor.

No serán nunca las circunstancias externas ni los hombres quienes decidirán sobre Cristo. En Nazaret le piden milagros pero en el fondo no creen. Cuando Jesús menciona los milagros realizados por Elías y Eliseo, favoreciendo a dos extranjeros y paganos (la viuda de Sarepta y el general sirio Naamán) la reacción es de repulsa e indignación. Jesús no se dejará instrumentalizar. Pero quizás no se dieron cuenta que les hizo realmente el milagro. No pudieron evitar que Jesús se abriera paso entre ellos y se alejase. El evangelista destaca aquí la majestad soberana con la que Jesús se libra de quienes pretenden eliminarlo. En Jesús se percibe la fortaleza divina dicha a Jeremías: “plaza fuerte”, “columna de hierro”, “muralla de bronce”. Aunque todos luchen contra Él, ahora nada pueden. Sólo cuando llegue el horizonte de la cruz se dejará prender. La intención divina de Jesús no es nunca dejarnos boquiabiertos sino invitarnos a la fe. ¡No te alejes Señor!

 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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