JESÚS HOMILÍA VIVIENTE DEL PADRE
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JESÚS HOMILÍA VIVIENTE DEL PADRE

Nehemías y Esdras, tras el destierro de Babilonia y la reconstrucción de Jerusalén, celebran una solemne asamblea entorno a la escucha de la palabra de la Ley proclamada en el presente de la vida del pueblo. Y Jesús, en la sinagoga de Nazaret, se atribuye el cumplimiento de la Ley en su persona como Mesías prometido y ungido de Dios. Son dos contextos en los que se nos descubre el sentido de este momento de la Eucaristía, de la liturgia de la Palabra. Queremos oír y entender para luego ser alimentados. Por ello, la homilía tiene un carácter sagrado: quiere llevar nuestros oídos y corazones a la fe y alabanza en Dios; quiere llevarnos a la redención del sacrificio eucarístico.

En medio de la misa, la predicación es tan sólo un camino. Lo principal es el momento en el que adoramos a Cristo y nuestra fe se entrega a Él iluminados con su Palabra para luego salir al mundo y ponerla en práctica. Somos oyentes de la Palabra, una Palabra que asume e ilumina nuestra realidad personal y social; una Palabra que es vida de Cristo y una vida que llevamos a las entrañas del mundo para que todo viva verdaderamente para Dios. Las palabras del sacerdote o del diácono en la homilía pretenden atraer a la comunión, como si la Palabra de Dios estuviera sucediendo ahora con toda su fuerza divina. Reconocemos, deseamos y celebramos la realidad entera de Cristo que vive a través de su Palabra.

Jesús mismo es la homilía viviente de la revelación del Padre. La misma persona de Jesús es como una homilía eterna de la revelación del Padre, es la voluntad eterna de Dios que se hace habla humana. Por su Encarnación, Dios, en Cristo, nos está hablando, es la perenne homilía de Dios. Pero también la Iglesia es la prolongación, siempre actual y activa, de la homilía de Jesús. Jesús está predicando mediante su Iglesia. La Iglesia prolonga la homilía que Cristo inició allá en Nazaret cuando dice: "El espíritu del Señor está sobre mí". Esto lo puede seguir diciendo la Iglesia en cada momento, como nos lo dice ahora, en este domingo.

El evangelio de San Lucas pone en relación la actividad de Jesús y el ministerio de la Iglesia. Presenta a Jesús como un profeta nuevo por el que lo que se cumple en Él se cumple también en la posteridad de su Iglesia. Y San Pablo, maestro de san Lucas, nos habla de la constitución de la Iglesia como un cuerpo en el que todos somos miembros unos de otros. Cristo es la cabeza y el Espíritu que anima esta cabeza anima también el cuerpo de todos los miembros que constituimos la Iglesia.

Esto es lo que pretende este momento eucarístico y las palabras de la predicación del sacerdote. No han de ser un estorbo entre el diálogo de cada uno de vosotros con Dios. El resultado de la predicación es despertar la gratitud, el amor, la admiración, el arrepentimiento, el volver a Dios, la gratuidad. De este modo, una vez terminada la homilía, la asamblea en pie podrá profesar con gozo y firmeza de espíritu, la fe de la Iglesia y responder unida: "¡Amén!, ¡amén!”. Luego, recogidos en silencio, como postrados ante el Señor, guardando su Palabra, viviremos la hermosura de llevarle entre las palabras de nuestra oración, de nuestros pensamientos, de nuestro conversar y caminar. Así estaremos atentos al que nos habla y espera.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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