EN EL BAUTISMO DE JESÚS
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EN EL BAUTISMO DE JESÚS

En el bautismo de Jesús vemos que, al salir del agua del Jordán, los cielos se abrieron. Los cielos es imagen del Paraíso en el que Dios se paseaba y entretenía familiarmente con el hombre, un paraíso cerrado por el pecado de Adán. Desde entonces, la obra maestra del Espíritu Santo (la creación y su rey) estaba dolorosamente frustrada. En este drama tenemos una vida entera para decidirnos por la vida, la comunión y la libertad o bien por una triple maldición: la muerte, la división y la esclavitud.

No es que Dios castigue la desobediencia echándonos fuera de casa. Es el hombre el que, por su inexperiencia e ignorancia, cree que puede realizarse mejor fuera de casa, lejos del padre. Al terminar hoy el ciclo litúrgico de la Navidad se nos presenta esta verdad salvadora: con nuestra libertad, debemos buscar la voluntad de Dios y hacerla. La voluntad de Dios refleja y promulga la sabiduría de Dios. Quien hace la voluntad de Dios es sabio y con ello participa de la omnipotencia y de la felicidad de Dios. Quien sabiendo su voluntad se obstina en hacer la suya y no la voluntad de Dios, cambia el bien por el mal, la vida por la muerte, la libertad por la esclavitud. Nuestro destino se juega en aceptar o rechazar la condición de hijos que hemos recibido.

El reino de los cielos es patrimonio de los que vuelven al estado de niño. Nuestra oración ha de ser pronunciada con espíritu de infancia, esto es, con humildad, entrega confiada, perseverancia para penetrar los cielos y tocar el corazón de Dios Padre. El cielo se abrió "mientras Jesús oraba". La oración inaugura y asegura ya nuestra entrada en el cielo. Por eso nada hemos de hacer sin orar. Y por eso hay que orar así: "Padre nuestro que estás en el cielo, hágase tu voluntad…”. Quienes hemos sido bautizados y participamos de la misma Vida y del mismo Espíritu del Señor, somos un Evangelio abierto y viviente en el mundo y a lo largo de su historia. El Reino de Dios se abre paso entre nosotros. Al abrirse los cielos el don de Dios no sólo se ha derramado en Jesús, sino también en todo su cuerpo místico. Y no sólo para que la Iglesia viva celebrando su presencia mediante los sacramentos, sino para convertirse ella misma en el signo del amor salvador de Dios en medio de todos los pueblos. Por eso, además de la celebración de los sacramentos, además del anuncio del Evangelio, la Iglesia se acerca a todo sufriente para consolarlo, a todo pecador para perdonarlo y a todo sediento para saciarle de vida eterna. El mejor propósito de la Navidad es salir a buscar y a salvar todo lo que ya se ha perdido o lo que está a punto de perderse. No tenemos que imaginar nada. Miremos alrededor: nuestra misma familia, entre nuestros amigos, en el trabajo, entre los escépticos o críticos, con los desencantados de la fe o de la Iglesia. El Espíritu Santo nos dará la valentía suficiente y la fortaleza necesaria para poder cumplir con amor la misión salvadora que el Señor nos ha confiado y que estos días de gracia navideños hemos meditado de nuevo con piedad y fervor. ¿Y después de las fiestas? Lejos de los nervios excitados, de la agitación exterior y vacía, del cansancio sin apenas alegría interior… nos queda abrirnos al Espíritu para pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo en nosotros, en el mundo y en la vida. Acoger a Dios querrá decir dejarlo habitar definitivamente en el centro de nuestra existencia.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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