LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
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LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

La fiesta de la Epifanía del Señor, es la fiesta de la manifestación al mundo de la presencia de Dios. Con la llegada de los magos las fronteras ya no serán obstáculo a la hora de reconocer al Niño de Belén como el único Dios verdadero y de todos. Sonaba a escándalo en el pueblo de Israel, el pueblo elegido, que los otros pueblos tuviesen la misma dignidad ante Dios, por eso San Pablo en la carta a los Efesios dice que los gentiles (o sea los que no son judíos) son también destinatarios de la salvación de Jesús. Después de esta fiesta nadie, ningún pueblo, puede atribuirse que Jesús venga sólo para él. La salvación de Dios no sabe ni de lenguas, ni de fronteras, ni de sexo, ni de color, ni de forma de ser, todos somos llamados a formar parte de este nuevo Pueblo de Dios que comienza a construir el Niño de Belén. Los Reyes Magos universalizan la salvación del Señor que no puede ser encasillada ni exclusiva por nada, ni por nadie.

El regalo de la Fe viene sólo de parte de Dios, por esta razón hemos de tener una actitud incondicional de corazón que no ponga ningún “pero”. Así descubriremos el océano de gracias abundantes que brota de Él cuando lo aceptamos todo con amor y sin renegar. Esta Fe nos invita a creer fuera de nuestras fronteras, de nuestros horizontes y de aquello que todavía no vemos. La Fe nos permite llegar a superar nuestras expectativas, haciendo cosas que humanamente son imposibles porque para el hombre de Fe son posibles ya que el poder de Dios lo acompaña. ¿Cuántas veces creemos realmente en la palabra de Dios? Nos puede parecer ilógica, pero debemos ponernos en el lugar de la criatura y decir: “Dios supera mis conocimientos, mis capacidades y puede hacer cualquier cosa, aunque me parezca imposible”. Él es Dios y sabe como ser Dios.

La Fe es fundamental, es el primer paso sin el cual no podemos avanzar. La Fe nos permite ver hacia quién voy, hacia dónde quiero ir, porque se encarga de mostrarme y de motivar mi voluntad para que pueda tomar una decisión correcta. Pidámosle a Cristo que jamás nos olvidemos de él y que nos de una Fe inamovible, dirigida sólo hacia Él. La fe es perfección de luz para la inteligencia y por eso es consuelo para el corazón, apoyo para la conciencia, fortaleza y dulzura divina en toda ocasión. Si no hay fe tendremos tan solo la incredulidad del bienestar espiritual, del tranquilizante, del momento de paz que hayamos conseguido. Eso es tan solo una forma de ateísmo disfrazado de espiritualidad. La epifanía de Dios confirma nuestra inteligencia no la disminuye. Nosotros, que tenemos la suerte de creer con perfecto consentimiento de nuestro intelecto, repetimos hoy: “Creo y adoro”. No permitamos que nada interrumpa nuestro sueño y quizá, al despertar, los tres reyes nos hayan dejado lo que no hemos pedido: la verdad de Dios en su Hijo, hijo de María y creador de todo, que desciende de las estrellas y por el que suspiraremos ya toda la vida.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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