ESTAMOS ALEGRES EN EL SEÑOR
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ESTAMOS ALEGRES EN EL SEÑOR

Estamos alegres en el Señor. Pero ¿cómo vamos a sentir esta alegría en medio de agobios y aflicciones? Tendremos alegría si nos abrimos al Señor que viene. De la mano del profeta Sofonías, la Palabra nos dice que Dios ama a la Iglesia, la nueva Jerusalén. Este es el anuncio espléndido de hoy: ¡Iglesia santa, goza, alégrate con todo el corazón! Y lo celebramos amándonos unos a otros, comunicándonos la felicidad que hemos recibido de Dios. En nuestra vida no cabe más que la alegría de sentirnos salvados por Dios que viene para seducir nuestros corazones que tan bien conoce. Pero esta alegría tiene un precio. ¿Qué debemos hacer para conquistarla? Es la pregunta que todos hacen a Juan Bautista. Y Juan, tiene para cada uno su recomendación especial. A la multitud les  responde: practicad el amor y la misericordia; dad y compartid con el que no tiene. A los publicanos, cobradores de impuestos, les avisa: no exijáis más de lo que está fijado, para enriqueceros vosotros. Y a los soldados creyentes de la legión romana, les pide: nada de violencia, ni falsas denuncias y contentaos con vuestra paga. Y recomienda a todos: Yo os bautizo solo con agua. Pero recibid al que viene detrás de mí, porque Él os bautizará con Espíritu Santo. Así preparaba Juan la venida de Jesús, el Salvador.

Por tanto, Dios nos pide limpieza de corazón y rechazar con violencia el pecado. Disfrutar la alegría divina, que viene al mundo, implica un amor efectivo, honestidad de vida y respetar a los demás. Esta alegría divina es un imposible cuando la conciencia no está en paz por haber olvidado la Ley de Dios. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo pero la alegría del Cielo se nos puede escapar si no cuidamos al Dulce Huésped del alma dentro y fuera de nosotros. Cuando publicanos y soldados se aprovechaban de sus cargos para enriquecerse y cometer injusticias descaradas ensombrecían la alegría no solo personal sino también social de todo un pueblo llamado a ser de Dios.

¿Qué tenemos que hacer? Con la alegría del Cielo recibida por el bautismo tenemos el Espíritu Divino en el corazón pero ¿qué nos falta para nuestra felicidad? Pues la alegría y la paz de la conversión. Falta manifestar un cambio de vida. La Navidad no es una feria de negocios y luces, es reencontrar la alegría que brota de la relación plena con Dios. Anhelar esta alegría querrá decir seguir trabajando por un mundo más pendiente de Dios y, por eso mismo, más humano. La salvación de la humanidad no es la ficción de una película: es la única verdad y la gran tarea de nuestras ocupaciones, trabajos y compromisos. La Navidad de Jesús nos dirá que estamos acompañados por Dios. Dios discreto, respetuoso, incluso silencioso, pero jamás ausente. En Belén ya creían en Dios y se amaban pero el amor de Dios hecho carne, en el templo de nuestra humanidad, eso es lo que cambia el mundo y el rostro de Dios y el del hombre. El amor carnal, en el que viven la mayoría, por si solo produce inseguridad y sufrimiento. ¡Abramos los ojos a la inmensidad del amor de Dios! Entonces amar será salir de nosotros mismos sirviendo, caminando, conviviendo y encontrándonos con los otros como con Cristo.

Mn Pere Montagut, párroco.

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