NOS VAMOS PREPARANDO
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NOS VAMOS PREPARANDO

Nos vamos preparando para admirar y creer en verdad el misterio de la Encarnación. No nos quedaremos en la superficialidad de nuestra sociedad que vive de espaldas a la fe. En realidad, no somos nosotros los que preparamos el camino del Señor. Más bien nos preparamos nosotros para entrar en el camino del Señor. Porque es nuestra vida entera la que está orientada hacia el retorno de Cristo. Ahora es el tiempo de producir frutos por medio de Cristo para gloria y alabanza de Dios. Es la forma concreta y más preciosa de anunciar el Evangelio a nuestro mundo. No son las simples palabras sino un estilo de vida el que da credibilidad y en el que resplandece la acción de Dios. 

La experiencia de ser conducidos, salvados o liberados del exilio se expresa con la imagen del camino ancho y sin tropiezos por el que nos guía la mano de Dios. San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos deja uno de las afirmaciones más esperanzadoras: “Ésta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús”. Si nos fijamos, es lo que la Iglesia recuerda en las celebraciones en las que Dios consagra a personas que entran en algún servicio o misión específica: “Dios, que ha comenzado esta obra buena en ti, sea Él mismo quien la lleve a término”.

Mientras estamos en Adviento necesitamos robustecer nuestra fe. Es algo imprescindible para este tiempo tan complejo y sin luz, sin apenas visión del rostro de Dios. La solidaridad a menudo es un simple manto de valores e intenciones para cubrir, en el fondo, la falta de fraternidad, que esta sí, implicaría reconocer a Dios como Padre. Pero eso sólo será posible si producimos el fruto que pide la conversión. Necesitamos también dejarnos educar en el silencio; fiarnos de la mano de Dios y confiar en la Palabra de Cristo que sana tantas heridas, abre las puertas a nuevos caminos de santidad y crea la verdadera comunión en el seno de un pueblo humilde. Juan Bautista inauguraba la nueva profecía cristiana, que no consiste en anunciar una salvación futura (en los últimos tiempos) sino en revelar la presencia escondida de Cristo en el mundo.

También es tiempo de contrición y de penitencia, de arrepentimiento y conversión sincera hacia Dios. Y el primer paso es el arrepentimiento, es decir, el reconocimiento humilde y pesaroso de nuestras propias faltas y pecados, reconocimiento que nos ha de llevar al dolor del amor, a la compunción de un corazón contrito y humillado, a las lágrimas por haber ofendido, nosotros, a Jesús amigo del alma que nació en el frío de Belén y murió entre indiferentes crucificado por nuestra salvación en la cruz. Todo eso puede ser como la siembra entre lágrimas de la que habla el Salmo, como el llevar la semilla con esfuerzo y empeño. Sólo de este modo podremos luego cosechar entre cantares, volver alegres y cargados de gavillas de trigo bueno, pletóricos de amor y de gozo. El nacimiento del Niño Dios nos va a cambiar. Es una tradición pero es novedad absoluta también. Lo saben muy bien los niños cuando piden cariño desde una secreta identidad con el bebé que reposa en el pesebre.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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