PROGRESEMOS EN LO ESENCIAL DE LA FE
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PROGRESEMOS EN LO ESENCIAL DE LA FE

Con el primer domingo de Adviento el nuevo año litúrgico nos invita al recogimiento para prepararnos a la fiesta del nacimiento del Salvador. Es verdad que, en lugar de oír por las calles la proclamación de la Buena Nueva, la llamada a la conversión o la renuncia al pecado se nos envuelve en el ruido mundano del consumo, en el tranquilizante de la sentimentalidad o, más directamente, se nos excita a la degradación más que a la elevación espiritual. No nos podemos engañar. El paganismo en el que viven buena parte de las personas, no ve en Jesús al Salvador que nos dará una vida eterna, sino a un intruso que, con su doctrina, es el agua fiestas que nos impide hacer lo que nos venga en gana. Quizá sea una realidad que los discípulos de Jesús no podemos cambiar. Pero lo que sí podemos cambiar es nuestra actitud frente a esta realidad, negándonos a participar en una Navidad sin Jesús.

Pongamos atención a todo cuanto celebramos. Comienzan hoy cuatro domingos de preparación y espera, simbolizados en esta corona cuya luz ira creciendo, semana tras semana. Es la luz progresiva que nos recuerda, como confesamos en el Credo, que el que ha de venir es "luz de luz" y que se manifestará, que va a nacer como nueva vida en Belén expresando, además, nuestra vocación divina. Mediante el Adviento conseguimos el sentido principal de toda la vida. Todo lo que sucede entre el día de nuestro nacimiento y el día de la muerte es, de algún modo, como una gran prueba. Y por eso la ardiente llamada de San Pablo se dirige a potenciar el amor, a hacer firmes e irreprensibles nuestros corazones en la santidad; a examinar nuestra manera de comportarnos y a observar los preceptos del Señor. El Apóstol nos enseña que no podemos permanecer en el estancamiento sino que debemos “adelantar cada vez más” (1 Tes 4, 1). El Adviento nos introduce al verdadero progreso espiritual y nos guía hacia la llegada del fin de este mundo en el que Dios, paciente y misericordioso, cambiará las cosas que nosotros no hemos podido hacer a causa de nuestra impotencia. Y por esto esperamos el momento del nuevo Nacimiento de Cristo en la liturgia. Porque El es quien “enseña el camino a los pecadores y hace caminar a los humildes con rectitud” (Sal 24). Hacia Cristo, que vendrá, nos dirigimos con plena confianza y convicción.

La Iglesia es la que da voz a la espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo desviada hacia direcciones equivocadas. La Iglesia es también el signo y el instrumento eficaz de esta espera de Dios. Nosotros, que hemos acogido el misterio de Dios, somos los que mejor podemos ayudar a caminar hacia el encuentro con el Señor. Podemos ayudar en el seno de nuestras familias, a tantos amigos, a los que sufren por cualquier causa, a los que buscan después de estar muy perdidos, a los que se alejaron de nosotros o quedaron decepcionados de Dios a causa de desengaños de la vida. Hagámoslo con la oración y las “buenas obras” que le son inseparables. El Señor cumplirá su promesa, nos presentaremos de pie ante el Hijo del Hombre y de rodillas ante el Dios hecho hombre.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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