NO HAY OTRO REY
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NO HAY OTRO REY

En la apertura del Concilio Vaticano II, el Papa san Pablo VI, proclamaba solemnemente el centro de la Fe: “Cristo, de quien venimos, en quien vivimos y hacia el cual nos dirigimos. Cristo es la luz del mundo, es nuestro Maestro. Que no nos guíe otra verdad que no sea Él. Que le seamos fieles. Que nos sostenga la certeza de que Él está con nosotros”. Pues hoy lo celebramos como Rey del Universo. Que ante Él toda rodilla se doble y todos le proclamemos Señor. A Él le corresponde el primado de todas las cosas. Cristo Rey ejerce su dominio sobre nuestra inteligencia por medio de la fe, sobre nuestro corazón por medio del amor, sobre nuestra voluntad y sobre nuestra vida por la sumisión a su Voluntad. Es el alfa y la omega de todo lo que pensamos, de todo lo que amamos y de aquello que somos. ¡Que no se interponga otro rey!

El Catecismo (n.2105) reitera “la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas”. San Juan Pablo II exhortaba, con particular fuerza y sin miedo, a abrir a Cristo y a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. Era una invitación a llevar el reinado social de Cristo a las democracias modernas, allí donde impere el pluralismo, la libertad de opinión y el relativismo por el que todas las visiones de la vida y todas las religiones parecen ser igualmente válidas. Sin miedo, pues, la Iglesia continua vinculando la democracia con la necesidad de la verdad, para que los sistemas democráticos no anulen, sino que hagan más evidente el “deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” (Dignitatis humanae 1). Sólo la referencia a Cristo salva a la sociedad y permite realmente identificar y perseguir el bien común. El Papa Francisco insiste en que “no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón” (EG n. 266).

La realeza de Cristo implica respetar las leyes de la Creación, que proceden del Creador y que contienen las orientaciones sobre cómo debemos vivir. “No existe un reino de cuestiones terrenas que pueda separarse del Creador y de su dominio” (Benedicto XVI). La sociedad y la política no sólo no han de poner obstáculos a nuestra salvación eterna, sino que, por el contrario, han de ayudarnos a conseguirla (San Juan XXIII, Pacem in Terris, 59). Si esto no es así y pronto, el destronamiento de Dios irá contra nuestra propia humanización. No podemos limitar, por comodidad, el reinado de Cristo a la sola dimensión de la vida espiritual y eclesial. Eso sería la tentación de la autoreferencia de la que el Papa nos habla tantas veces. Convirtamos y proclamemos, con nuestras obras y plegarias, a Cristo Rey y Soberano, Señor del orden temporal, de la vida social y política reconociendo así la primacía absoluta de Dios. Si la sociedad se articula entorno a sus preceptos avanzará para bien de la humanidad; todo lo demás seria apartarse del bien auténtico del hombre y de toda paz. Desarraigado de Cristo cualquier humanismo se quedará vacío. ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! 

Mn. Pere Montagut, párroco.

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