LA PROMESA DEL FINAL
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LA PROMESA DEL FINAL

La vida es realmente muy corta y el encuentro con Jesús está cerca. Esto es lo que nos ayuda a vivir desprendidos de los bienes que poseemos normalmente y nos llama a aprovechar el tiempo sin dejar ninguna de nuestras responsabilidades. Es a través de nuestras ocupaciones ordinarias, ayudados por la gracia, que tenemos que aspirar al Cielo. El mundo existe porque Dios lo quiso y terminará cuando Él quiera. Pero el final del mundo es parte del misterio de Dios. Por eso nadie puede o debería atreverse a describir cómo será ese fin.

A lo largo de los siglos los seres humanos nos hemos resistido, tanto individual como colectivamente, a los designios de Dios; la historia humana es un fiel ejemplo de esta resistencia. Hemos avanzado en muchas dimensiones de la vida humana, pero no podemos decir que nuestros proyectos y ambiciones estén orientados totalmente hacia Dios. Al lado del trigo crece la cizaña y el paso de los siglos, con toda su historia, todavía no ha podido convencer a todos de que Dios espera algo de nosotros y del mundo en el que estamos. La venida definitiva de Jesús es el gran triunfo de Dios sobre la creación desviada de su camino. Dicho de otro modo, la humanidad no camina hacia la destrucción, hacia la nada; camina al encuentro de la vida plena, hacia un mundo nuevo. La esperanza y confianza en la palabra de Cristo Jesús quita el miedo, fortalece la fe, nos aleja de la adivinación y nos anima al contacto directo con Dios por medio de la oración, a trabajar por el Reino de Dios y a no cruzarnos de brazos. 

Al final del año litúrgico nos trasladamos al final de los tiempos. Puede ser un día tan lejano y desconocido que, aunque nos asuste momentáneamente, nos deja indiferentes. Pero también, al contrario, puede ser una incerteza que nos lleve al fanatismo, al fatalismo y a la angustia. Cristo, tras venir por primera vez al mundo en humildad y sufrimiento para redimirnos del pecado, regresará al final de los siglos con todo el esplendor de su gloria para recoger los frutos de su obra redentora. El mundo fue creado por Dios para su salvación. Y a pesar de todo el mal que pueda contener, el mundo no será aniquilado sino purificado y transformado. Por sus solas fuerzas, no se sostendrá, se derrumbará (como expresan las imágenes bíblicas) pero por el poder de Dios será una nueva creación en la que el hombre habrá dejado su huella como colaborador de Dios.

Tanto la profecía de Daniel como el anuncio del Evangelio se refieren también a hechos históricos: a la persecución de los judíos por parte de los reyes paganos y a la destrucción de Jerusalén. Pero, en sentido pleno, hablamos del final. La misma posibilidad del infierno es un llamamiento a la responsabilidad con la que debemos usar nuestra libertad en relación al destino eterno que nos aguarda. La historia del ser humano comienza en un paraíso y depende de nosotros que termine en un paraíso. En el primero Dios veía la desobediencia del ser humano; en el segundo, Dios nos reunirá de nuevo para ofrecernos su amor eterno. Procuremos que nuestra vida de ahora haga dichosa nuestra muerte.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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