"AMARÁS"
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"AMARÁS"

Es importante observar que Jesús Maestro emplea la misma expresión tanto para la relación con Dios como para la que mantenemos con nuestros semejantes: “amarás”. La exigencia del mandamiento se comprende no tanto como una obligación sino como necesidad de relación amorosa. Cuando se ama de verdad se desea complacer al amado. Lo hemos orado con el salmo: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza”. Y Jesús afirma: “El que me ama guardará mi palabra”. Pues por esta palabra viva nos sentimos llamados a un trato entrañable, enamorado y no a un sometimiento legal o solo a un trato de cortesía o de protocolo.

El secreto de cada página del Evangelio está en la relación que Dios desea establecer con nosotros aunque esto tenga su proceso y debamos, como el apóstol Pedro, pasar del querer al amar; de la amistad al amor; del cumplimiento del mandamiento a la relación que es necesidad de amar para sentirnos amados. El amor a Dios es capaz de sacarnos de nuestro amor propio, de cualquier querer o interés y abrirnos a un horizonte más amplio por el que sabemos que existimos gracias al amor generoso de Dios. Pero para no darnos por vencidos hay otro amor de respuesta: le decimos a Dios que le amamos amando a quienes Él ama. “Quiero amarte y amar lo que tu amas”. Es el amor que se compromete tendiendo puentes de vida, de reconciliación, de justicia, pero eso sucede cuando somos capaces de dar el salto que nos permite ver al otro como hermano, como destinatario de nuestro amor. Pero existe aún otra medida del amor. El amor a nosotros mismos nos indica cómo hemos de amar a los demás: pues, como yo quiero que me amen a mí. Si cada uno se siente amado cuando es tratado con justicia, cuando se le dice la verdad, cuando se le respetan sus opiniones y no se le coarta la libertad… entonces tomo conciencia de lo que los demás sienten y puedo  comportarme de la misma manera. Esta es una de las reglas de oro del Evangelio.

“No estás lejos del Reino de Dios”. El doctor de la Ley aprueba con entusiasmo la doctrina de Jesús. Su inteligencia noble ha reaccionado al entenderla. Ya está muy cerca de Dios. Es más, cuando la ponga en práctica esta palabra ya estará “dentro” de él y habrá encontrado su paz al descubrir, por experiencia, que Dios es el centro de la vida. ¿Cuáles son las pistas para no darnos por vencidos en el amor? Pues la primera, una mayor atención a las cosas de Dios tal y como Jesucristo me las hace entender; luego una escucha más honda y un silencio más prolongado ante Dios y, finalmente, una apertura mayor a su Espíritu, a sus inspiraciones. Siguiendo estas pistas se nos pueden plantear, poco a poco, posibilidades de amor que hoy ni sospechamos. El Evangelio tiene la fuerza para hacernos vivir una fe más profunda y una vida cristiana más intensa, verdadera y joven. Decía G. Bernanos: “¿Sois capaces de rejuvenecer el mundo, sí o no? El Evangelio es siempre joven. Sois vosotros los que estáis viejos”. Acerquémonos ahora a Cristo, a su sacerdocio que no pasa y que vive intercediendo por nosotros.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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