LA FE ES LA ADHESIÓN DE LA MENTE Y DEL CORAZÓN A DIOS
CAT  ESP
LA FE ES LA ADHESIÓN DE LA MENTE Y DEL CORAZÓN A DIOS

La fe es la adhesión de la mente y del corazón a Dios que nos ha creado por amor y nos cuida para que alcancemos una relación plena y personal con Él. Gracias al bautismo, nuestro espíritu ha adquirido nuevos ojos, los ojos de la fe. Por ellos somos capaces de acceder a las realidades que van más allá de lo que pueden ver los ojos de la carne. Es lo que el profeta Jeremías predice: "Los reuniré de los confines de la tierra. Entre ellos habrá ciegos y cojos; los llevaré a torrentes de agua". Los ciegos, pues, irán a las aguas. Es la imagen de los que se preparan para el bautismo y recibir la vista, como el ciego Bartimeo fue a Jesús para que le diese la visión. La fe no es un logro personal, como conclusión de una reflexión muy profunda. La fe es un don de Dios, que se nos concede sacramentalmente. Pedir el Bautismo es pedir la fe. Muchos contemporáneos de Jesús lo vieron y lo oyeron, pero sólo los discípulos creyeron en Él. Por ello, la fe recibida como don requiere la actitud sencilla de los pobres y pequeños, de los necesitados y desvalidos, abiertos a la gracia de Dios.

Para que se produzca el milagro tenemos que acercarnos más a Jesús. Ya convivimos con Él pero ¿quién de nosotros no puede decir que en algún momento le ha faltado orientación, que cansados de caminar en la fe hemos preferido sentarnos como fuera del camino, como vencidos? Pero incluso en esos momentos, sin visión, podemos oír. Jesús siempre pasa de nuevo. Siempre hay una nueva oportunidad de comunión renovada y luminosa con Él. El grito del ciego expresa la fe convencida que llega y mueve la misma compasión de Dios. Habitualmente oímos de labios de Jesús, con la voz orante de la Iglesia: «Tu fe te ha curado». Por este motivo, curados por el Salvador, ya no podremos ser de aquellos que van regañando y sofocando los gritos que, desde las cunetas de la vida, se elevan al que se acerca a los pobres como Dios y hombre verdadero.

Las manos de Jesús tocaron el cuerpo y el alma del ciego. Después, ya no se dijeron nada. Lo siguió por la empinada cuesta que lo llevaba a Jerusalén. Jesús y el ciego eran los únicos que veían. Jesús quizá también pensó que lo último que Dios Padre escucharía de su garganta sería también un grito. Dios sabe que por debajo del grito –tanto el del ciego como más adelante el de su propio Hijo en la cruz- lo definitivo es poner la vida en sus manos. Las palabras finales «y lo siguió a lo largo del camino», el camino hacia Jerusalén, hacia la pasión, muestran qué quiere decir ser discípulo. Aquel hombre curado no había oído como Jesús hablaba de su pasión ni de cargar con la propia cruz ni de huir de la mentalidad de este mundo, pero había comprendido intuitivamente y mediante la fe, que para caminar cristianamente se requiere algo más que una confesión de fe en Jesús como aquel que “me ha curado”. Es necesario un seguimiento fiel y constante que a la pregunta: ¿Qué quieres que te haga? responda al menos tan claramente como el ciego. La Eucaristía nos prepara ahora para las maravillas de la visión eterna, visión que irá de claridad en claridad hasta legar a Dios por la eternidad.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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