DICHOSA ERES VIRGEN MARÍA.
CAT  ESP
DICHOSA ERES VIRGEN MARÍA.

"Dichosa eres, Santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios". Estas palabras de la liturgia explican el sentido de la fiesta que estamos celebrando bajo el hermoso título de Santa María del Remedio. Porque Ella concibió en su seno a Jesucristo, el Hijo unigénito del Padre, que nos ha traído la victoria del bien sobre el mal; de la Gracia sobre el pecado, de la Vida sobre la muerte, del Amor sobre la indiferencia y el odio. Por ello celebramos nuestra Fiesta Mayor. Es la fiesta de la fe católica que ha cambiado felizmente nuestras aspiraciones, nuestra convivencia y el camino de nuestra vida convirtiéndola en historia de Dios, principio y término de todos nuestros días. Por tanto, nadie ha podido apartar ni apartará nuestra mirada y nuestro corazón de Jesucristo muerto y resucitado. Esto es lo que tienen que saber aquellos que no descansan en promover un ambiente secularizado en nuestros barrios y los que pretenden convertir la cultura cristiana en un pasado que ya no existe. A todos ellos hay que decirles de nuevo que en Cristo y sólo en Él Dios se ha encarnado y se ha hecho presente en la historia para manifestamos su amor, para iluminar el misterio del hombre, para perdonar nuestros pecados y transformar nuestros corazones; en una palabra, para hacemos hijos suyos en camino de vida eterna.

Es justo, pues, que ante el Remedio que la Virgen María nos trae como fruto de sus entrañas, Jesucristo Redentor, expresemos los sentimientos que brotan de nuestra admiración y amparo en su maternidad divina. Cada día en este templo mientras celebramos la Eucaristía en tomo a la imagen de Nuestra Señora recobramos la paz y la seguridad. Mientras le rezamos el santo Rosario Ella nos conduce hasta las plantas de su Hijo para hacer todo lo que Él nos diga. Tener verdadera devoción es ser constantes y amorosos en todos los momentos de la vida. Y si algún día nos alejamos por nuestra culpa, después aumentaremos el afecto y la reparación. Hemos sido elegidos y llamados para ser imagen de Jesucristo, para configurarnos con Él y, alentados por su amor, darle a conocer con nuestra palabra y nuestras obras. Se puede vivir pero no estaremos vivos sin recibir los afectos del Corazón de Jesús. Se puede pasar por la vida pero no viviremos para siempre sin estar en comunión con su Resurrección gloriosa. Dejar de mirar a Dios implica mirarnos a nosotros mismos, quedarnos sin fraternidad y empequeñecer un mundo que ha merecido la grandiosa presencia de Dios entre nosotros. Por ello, nuestra Fiesta Mayor quiere llegar a todos. También a aquellos a los que se les ha debilitado la fe hasta abandonarla totalmente.

Los que estamos aquí tenemos la responsabilidad, el encargo y el mandato del mismo Señor. Hagamos, entre todos, que nuestra Parroquia sea lo que Cristo espera. Evitemos, pues, que nuestra comunidad sea una pura receptora anónima de la gracia de Dios. Seamos perseverantes en perdonarnos y en amarnos sin buscar perfecciones extrañas a la fraternidad cristiana. Llevemos el Evangelio abierto y su preciosa cruz a nuestros familiares y vecinos. Más que pensar que somos nosotros quienes tenemos algo que decirles es más bien Dios quien quiere hablarles. Cuidemos el Domingo como día del reinado de Cristo y día en que todo lo que andaría disperso o extraviado vuelve a estar unido en la única ofrenda que Dios acepta. Seamos feligreses apasionados por esta casa porque aquí vivimos la experiencia única del encuentro con Cristo. De él obtenemos una inteligencia y corazón nuevos, de aquí surgen innumerables remedios para sanar los más variados dolores y heridas. Donde hay un hombre o una mujer que suplican con fe, que oran movidos por el Espíritu Santo a través de Jesucristo al Padre, allí el mundo queda iluminado. En cambio, qué grande es la oscuridad a causa del silencio de los que desconfían del amor de Dios, a causa de los que no temen escandalizar, a causa de los que rechazan la verdad de Dios sobre la vida que ya no puede ser nunca sólo nuestra.

Imitemos a la Virgen. Que todos nuestros interrogantes lleguen a la obediencia de la fe. No olvidemos lo que Dios ha hecho por nosotros. Nada ni nadie puede sustituirlo ni suplantarlo. Su vacío no se puede llenar con ídolos hechos de hombres, que no pueden salvar. No hay sucedáneos de Dios, Dios es único. Absolutizar las demás realidades humanas es convertir el mundo en una gran mentira. No busquemos fuera de Dios, ni al margen de Dios, lo que sólo está en Él. María nos alienta a responder al Señor con fidelidad. De la mano de la Virgen seremos fieles en proteger nuestros hogares de la secularización que vive nuestro país, que ignora la dimensión religiosa de la persona y de la vida social y que educa deliberadamente ignorantes en silencio sobre Dios. ¿Qué futuro nos espera con masas de niños no sólo sin formación religiosa sino sin ser religiosos? Quizá lo más grave es que la mentalidad de no pocos cristianos se va haciendo pragmática sin referencias habituales a Dios y a la vida eterna. Por todo ello, pidamos la gracia de vivir unidos a María y, con su maternal intercesión, hacer de la ley de Dios nuestra norma de conducta. Que la Virgen nos alcance la gracia de ser conducidos por la ley de Dios para que, en lugar de fracasar, nada nos espante y aumente el deseo de vivir bajo su guía.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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