LA GRANDEZA DEL CRISTIANO
CAT  ESP
LA GRANDEZA DEL CRISTIANO

Jesús les amonestó. No podemos copiar los comportamientos que rigen entre los ambiciosos de este mundo. Frente al ansia de poder, en el Reino que Cristo inaugura, no son “grandes” aquellos que lo parecen sino los que en realidad se identifican con Cristo como servidores. “Servir” significa salvar, liberar del mal, devolver a las personas y al mundo de cada día la integridad que Dios les ha dado.

Los apóstoles, como en tantas ocasiones, estaban en otra onda. Santiago y Juan llevados, eso si, por la confianza que tenían con Jesús pero preocupados también por sus intereses, piden un favor, un puesto, una distinción, un honor. Los otros diez apóstoles, con la misma mentalidad, reaccionan indignados. Y el Maestro les abre el entendimiento mucho más allá de lo que piden y les habla de hasta dar la propia vida, si fuera necesario. Los dos hermanos dijeron que sí, que se ofrecían al martirio, aunque “no sabían lo que pedían” más tarde lo comprendieron y no se echaron atrás. Tenemos, pues, una primera enseñanza: el que con amor sincero se ha ofrecido a Cristo, sabrá aceptar también por amor la manera con que Cristo le propondrá que se realice este ofrecimiento. Jesús no les niega que quieran ser los primeros, eso está en el corazón humano. Queremos, de natural, alcanzar metas altas, queremos lo mejor, ser ascendidos, que se nos reconozca. Pero que nos sirvan también es una gozada. Pensemos en los padres de familia habituados siempre a tirar adelante todo lo de casa. Si un día les servimos a ellos casi no se reconocen de satisfacción. Pero esa sensación hay que configurarla a Cristo hasta que la satisfacción más grande sea servir.  

La grandeza del cristiano es esta: dar vida y dar la vida por los demás. No son frases. Cada uno, empezando por los más mayores, puede pensar en que se le ha ido la vida: si en famas, lujos, comodidades, dineros, reconocimientos o si hemos llegado a servir, superando tantas tentaciones que nos vienen cuando nos proponemos hacerlo. Seamos conscientes que, como en los apóstoles, el cambio de mentalidad llega cuando quedamos llenos del Espíritu Santo. De ahí, la necesidad de invocarlo tanto en las tareas más ordinarias como en las más eminentes. Entender que significa dar la vida por los hijos, por la familia, en la competencia profesional, en el estudio, en atender a las necesidades de los demás, en dar mi tiempo, en cargar con lo que no es mío como si lo fuera…

La Iglesia nos propone, este domingo del Domund, orar y colaborar con los misioneros que “Cambian el mundo” según el plan de Dios. Sus vidas, su entrega, su mensaje sólo se explica desde la fe, no hay otra respuesta posible, no hay otras motivaciones ni fama, ni dinero, ni mejor posición social que expliquen su decisión. Nuestro deseo: ¡Que el mundo reciba una nueva plantación de servidores de la Cruz de Cristo! Muchos se aprovechan de los demás y se enriquecen a costa de otros. Para llegar a reinar con Cristo primero hay que pasarse la vida sirviendo. Un servicio que nace del amor a Cristo, que lleva su sello salvador y que es fruto del amor al vernos servidos, en la cumbre de la Eucaristía, por Él mismo.

Mn. Pere Montagut, párroco.

Recibe todas nuestras novedades en tu correo electrónico Suscríbete