LA ADVOCACIÓN DE LA MERCED
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LA ADVOCACIÓN DE LA MERCED

La advocación de la Merced nació en Barcelona cuando el 2 de agosto del año 1218 se apareció a san Pedro Nolasco pidiéndole que fundara una orden religiosa para liberar a los cristianos presos principalmente por los musulmanes. Los mercedarios extendieron esta advocación mariana que se celebra hoy en tantos países de América desde Cuba a Bolivia, de Méjico a Filipinas, de Uruguay a Brasil y Portugal.

Multitud de cautivos fueron liberados gracias a la “merced” de esos religiosos. Merced que no consistió en darles cosas, sino en darse a sí mismos estableciendo así que las relaciones humanas no solo se fundamentan en derechos y deberes sino en la gratuidad, en la misericordia y la comunión. Hoy no podemos olvidar que hemos construido Barcelona gracias a las sólidas raíces cristianas de las generaciones que nos han precedido. De nosotros depende que el secularismo hostil que reprime los sentimientos y expresiones religiosas no acabe por ofuscar la mente y vaciar el corazón de nuestro pueblo.

Que la Santísima Virgen nos conceda ciudadanos, hombres y mujeres, que se distingan por la coherencia y la ejemplaridad de su conducta. Estamos cada vez más huérfanos de ejemplaridad acostumbrándonos a la vulgaridad. El mensaje de liberación que nos deja Nuestra Señora de la Merced para la vida de nuestras familias, para la convivencia social y la gestión pública sigue siendo poderoso. La fuerza mariana de la fe cristiana tiene que ver con el progreso espiritual y material de nuestro pueblo y, sin duda, con el mejoramiento de nuestra ciudad de la que la Virgen fue nombrada Patrona. Los cautivos de hoy esperan nuestro rescate misericordioso. Los niños concebidos pero cautivos porque no se les respeta el derecho a la vida; a los cautivos de la pobreza extrema y de las adicciones; a los cautivos de una educación manipulada; a los cautivos de la inseguridad y del mal trato. ¿Tendrá Barcelona un día la valentía de declararse como ciudad a favor de la vida y de la familia?

Y, finalmente, así como el amor al prójimo es inseparable del Amor a Dios, tampoco el amor a la Patria debe desvincularse del Amor a Dios. Hay distinción pero no separación. Los políticos y ciudadanos que los separan nos engañan y confunden. Amar a Dios y no al hermano es ser un mentiroso. Por ello, la dimensión religiosa y trascendente de la persona humana no es un asunto meramente privado y reducido a emociones subjetivas. La verdad de Dios, y sobre todo, la verdad cristiana sobre Dios, tiene una incidencia fundamental en el espacio público de la convivencia ciudadana. Así lo pensaron y vivieron en su tiempo San Raimundo de Peñafort y el Rey Jaime I inspirándose en los Evangelios. Comprendieron que el amor a Dios es verdadero cuando va acompañado de un sinfín de trabajos en la construcción de la Patria y en todo lo que depende de la salvación de un pueblo y la santidad de una ciudad. Esa es la “merced” que nos trae la Virgen: Cristo Jesús se ha entregado por nosotros hasta el fin, para que nosotros, siguiendo sus huellas, sepamos edificar la ciudad del hombre de la mano de Dios y nunca en contra de Él.

Mn. Pere Montagut Piquet, párroco.

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