DESPUÉS DEL PECADO
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DESPUÉS DEL PECADO

Después del pecado de Adán y Eva se dice que: “Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron” (Gén 3, 7). En las primeras páginas de la sagrada Escritura encontramos la vergüenza. Con esta primera reacción del pecado los dos se esconden delante de Dios. Y el pecador quedará avergonzado de su desnudez. Pero la esperanza auténtica es que a pesar de que la vida que vivimos por fuera se vaya consumiendo a causa del pecado, la que vivimos por dentro se va renovando cada día gracias a la presencia del Señor.

Cuando nos encerramos en el pecado, alejamos nuestra conversión y la remisión de los pecados. Considerar que el perdón de Dios no es tan esencial o que tiene poca importancia para nuestra vida es una verdadera ruina espiritual, es la blasfemia contra el Espíritu Santo que no nos permite salir de la prisión en la que nos hemos metido y abrirnos a la fuente divina de la purificación de la conciencia. Por ello la Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Espíritu Santo deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misión de Defensor cuando viene para convencer al mundo en lo que se refiere al pecado, a la justicia y al juicio. Jesucristo se dio cuenta enseguida de lo que estaban tramando contra él y se defendió. Dejó fuera de dudas que Él no estaba endemoniado. Y en este contexto habló del tremendo pecado contra el Espíritu Santo. O sea, atribuir al demonio las cosas divinas o atribuir a Dios cosas del demonio. Es la mayor aberración.

La madre y parientes próximos de Jesús, por su parte, le buscan para retenerle. “¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos?” se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: “Quien hace la voluntad de Dios”. La Virgen María además de ser su madre según la carne, es la primera entre los discípulos de la nueva familia de Jesús. No es que Jesús rechace los vínculos familiares sino que afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios nos introduce en un parentesco espiritual más elevado con Él. “Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”. Que esta palabra del Señor nos lleve a rezar por nuestras familias y por nuestro pueblo. La familia de los hijos de Dios no se apoya en la sangre, ni en los intereses ni en las ideologías. Necesitamos espacios y ámbitos que nos unan y cohesionen a nivel personal y social. Y la Iglesia ha de ser el primero de ellos.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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