TE ADORO
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TE ADORO

Te adoro con total entrega divinidad oculta, que estás latente en verdad bajo estas especies; a ti mi corazón se somete por completo, porque al contemplarte desfallece enteramente.Esta es nuestra oración cuando nos acercamos a la última cena. Jesús abre su corazón a los discípulos y les recuerda los aspectos fundamentales sobre su misión tal como lo recogen los Evangelios. Y, como si fuera su testamento, aparece la novedad de la eucaristía cuya transcendencia no se puede desligar de la pasión del Señor anunciada en esa cena pascual.

La invitación de tomar el cuerpo y la sangre de Cristo como alimento, en el lenguaje bíblico, “comer su cuerpo y beber su sangre” es identificarse con la totalidad de la persona que lo dice, con su propio ser, con su espíritu, con sus anhelos y propósitos. Jesús está hablando de su vida y muerte, que se entrega como alimento, como gracia que perdona y redime. Cuando dice tomad y comed, quiere decir que tomemos su vida en nuestras manos, que recibir la Eucaristía no es algo oculto sino manifiesto porque nos exige luchar para salir del pecado, nos pide constancia para superar situaciones difíciles y también mucho amor para corresponder a la inmensidad de gracias divinas que podemos gustar. Comulgar no es un premio, ni una medalla que se da a las personas buenas. La eucaristía es una llamada a la esperanza, que nos recuerda que somos en realidad lo que celebramos, porque ya no somos nuestra propia debilidad, ni nuestros odios, ni nuestros traumas, ni siquiera nuestros mismos pensamientos, ni la suma de nuestros pecados o errores. No, no somos eso. Podemos decir como el apóstol Pablo: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

En un día como hoy sentimos al Señor cerca y lejos a la vez. Cerca, cuando confiamos y nos ponemos en sus manos y lejos cuando nos empeñamos en desterrarle de las decisiones más inmediatas. Está cerca cuando en El ponemos nuestras esperanzas y lejos cuando nos sentimos dueños de lo conseguido. Está cerca cuando le adoramos y cantamos pero también lejos cuando nos postramos ante otros dioses. Cerca cuando miramos al cielo en oración y lejos cuando los ojos se entretienen entre tantos bienes efímeros.

También el Señor ante una multitud fatigada, que lo seguía hambrienta, indica a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Es una responsabilidad que, desde sus orígenes, la Iglesia ha practicado como recuerdo del Señor. Por eso hoy, al celebrar el Corpus Cristi, recordamos lo que decía hace siglos San Juan Crisóstomo: “Si deseas honrar el cuerpo de Cristo, no lo desprecies cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres solo aquí en el templo, si al salir lo abandonas en el frío y en la desnudez”. Pues la verdad es que al celebrar el misterio de la Eucaristía la fraternidad se convierte también una manifestación visible de su presencia gloriosa entre nosotros. Entorno a la Eucaristía los últimos son ya los primeros por el aprecio y el afecto, y continua el milagro de la multiplicación de los panes. En este día del Corpus decimos a todos que nuestra fiesta es vivir con el Señor y en el Señor. Que nuestra vida, sin la Eucaristía, no sería la misma. Al poner nuestros ojos en el amor infinito, en el pan de vida, es la fe, más que nuestros sentidos corporales, la que nos urge y nos empuja. Gracias, Señor, por tu presencia, por tu inmenso amor, por tu pan multiplicado, por tu entrega sin tregua, por llamarnos al amor con tu Amor.

Mn. Pere Montagut, párroco.

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